Las palabras duelen. Los 43 desaparecidos

MCH_LAS PALABRAS DUELEN
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Por Anamaría Belaunzarán
@belaunzarana

Hace un año el caso Iguala llegó para inmiscuirse entre la programación de las televisiones, para apostarse en los periódicos y otros medios escritos. Hace un año llegó para herir aún más a una sociedad acribillada. La “desaparición forzada” de los 43 normalistas es la herida que prevalece sin poder cicatrizar. Un surco en la historia. Una brecha profunda en una verdad construida -provisionalmente y a manera de venda desechable- con retazos de otras pieles, con mentiras verosímiles y contradicciones que ya no consiguen sostenerse.

Hace un año, policías municipales en colusión con un grupo criminal, secuestraban los autobuses en donde viajaban -quienes preferimos llamar “desaparecidos”- de la Normal Rural de Ayotzinapa. Desaparecidos porque legalmente ése es el término que les corresponde. Pero, ¿será también el eufemismo que resguarda el último rayo de esperanza de los padres y  familias de los estudiantes, el mismo que mantiene viva la indignación de la sociedad civil de un país entero? ¿Será una manera de algodonar el dolor?

La posibilidad de que los 43 se mantengan vivos permite que la lucha no cese. Una lucha que pretende diseccionar las entrañas de nuestras instituciones, la PGR -absurda desde su origen, corrupta y maltrecha- y de la versión oficial, basada en inconsistencias. Dotar, a los 43, de cierta inmortalidad es regresarnos la posibilidad de extender la lucha hasta que se acepte lo inevitable y se tomen cartas en el asunto.

Ayotzinapa es el pico del iceberg, es el estallido que se manifesta impulsado por toda la estructura podrida que subyace. Es una válvula de escape, una bomba de tiempo que consiguió estallar y cuyo eco sigue y seguirá retumbando. Por otro lado, Ayotzinapa es el resultado de un lastre histórico que prevalece, nos persigue y llega para saldar cuentas. El reflejo de una sociedad construida sobre cimientos de agua, que hoy se tambalea y en algunos lugares se alcanza a hundir, a ahogar.

El valor simbólico del caso Iguala va mucho más allá de lo que realmente sucedió, una interrogante con la que muy probablemente tendremos que vivir. Ayotzinapa no es solamente los 43 estudiantes de la Normal Rural, ni sólo los padres que intentan vivir con el corazón desgarrado, no es nada más un municipio indignado e impotente. Ayotzinapa es todo el país. Es la voz de un México desangrado a manos del crimen organizado vinculado con instituciones, poderes fácticos. Los 43 desaparecidos son los protagonistas del capítulo más terrible y dramático de los últimos tiempos. Son las caras y la voz de miles de asesinados. Son la radiografía de la realidad que convulsiona al país.

A un año de distancia, y después de la conmoción inicial, parece que algo bueno se asoma. Tal vez sea un pensamiento más necio y necesario que realista, que me ayuda a vivir sin tener que desahuciar a mi país. Pero creo que se empieza a vislumbrar una mayor inquietud dentro de la sociedad civil que quedó adolorida y exige cuentas, se apropia de algunos medios a los que antes no tenía acceso y reclama justicia. Cuando una sociedad está en crisis, parcialmente destruída, algo puede crecer entre los escombros y buscando como sea aferrarse a la vida. Los mexicanos, hastiados de ese olor metálico que satura el aire, permeados de violencia, encontramos una ventana para no dejarnos sofocar. La literatura, la pintura, la poesía, el cine… el arte como válvula de escape. Tal vez en la muerte más dolorosa pueda nacer algo.

La creación artística como un método de sublimación. Para no ahogarnos en la desesperación de la penumbra. Para resignificar la violencia, para gritar, para llorar, exigir, golpear e intentar calmar esa impotencia que no da tregua. Para devolver la vida a los 43 estudiantes “desaparecidos”. Para hacerlos inmortales en la historia.

Ayotzinapa tampoco se olvida.

Foto: Especial

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