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@Joso9

Recuerdo que el primer libro que leí “bien rápido” fue Harry Potter y la piedra filosofal. Durante una semana aventé toda mi humanidad de 11 años en el sillón de la casa para desgranar las aventuras de ese mago despeinado, huérfano y con una inmensa capacidad de meterse en problemas.  Los libros de J.K. Rowling marcaron a una generación de jóvenes lectores que nos sentíamos identificados con la soledad y las aventuras de Harry, Ron y Hermione. Sí bueno, hay quien dice que su infancia fue marcada por Verne, Dumas y Twain, pero el efecto Potter fue incluso una puerta de entrada a estos autores. En aquellos años, prefería adentrarme corriendo en la plataforma 9 3/4 de la estación de trenes King’s Cross, en lugar de hacerle a los otros niños pintar la barda de madera como me lo pedía mi estricta tía Polly.

Como hace poco lo relaté en este intento de columna digital, el domingo en que mis padres me compraron la tercera entrega de los libros de Rowling, también olvidé hacer un modelo planetario en unicel para la escuela (de niño no me ahorraba ni un lugar común). Mi castigo fue no leer por una semana mi ansiado juguete nuevo. A la fecha, no recuerdo un castigo tan prolongado ni tan significativo.

Otro libro al que le tengo gran cariño es El código Da Vinci. El por qué aún no lo tengo claro, pero recuerdo haberlo recibido con emoción en mi cumpleaños número 13 y haberlo terminado en apenas unos días, con mi (entonces) fe católica intacta, y anhelando adentrarme en más peripecias junto al profesor Robert Langdon, reivindicación literaria de que intelligence is the new sexy.  ¿El libro es malo? Quizá ¿Un best-seller cualquiera? También. Pero en aquel entonces (y ahora), lo que me importaba era no aburrirme, lo que logró con creces el libro de Brown. Con igual ansia leí Ángeles y Demonios y La Conspiración, del mismo autor.

Vaya, si esta columna fuera aun más pretenciosa y se titulara “Confieso que he leído”, sería obligado señalar que durante mis años de mayor azote emocional, que en realidad no pasaron hace tanto, tuve a bien leer la saga de Crepúsculo completita. El último libro incluso en inglés, porque ya me urgía saber qué pasaba. Claro, en esos libros nunca pasa nada, y debo a ellos un cierto desprecio por los best-sellers intrascendentes; pero para llegar ahí primero pasé por miles de páginas de vampiros que brillan al rayo del sol, caballeros de armadura oxidada, litros de sangre de campeón y consejos de Yordi Rosado.

Todo esto sólo ilustra que, hasta la fecha, he leído lo que he querido cuándo, cómo y dónde he querido. Cien años de soledad me llevó más de cuatro intentos y nunca he podido acabar El Principito, como tampoco he intentado siquiera acercarme al Quijote, deuda que espero poder saldar pronto (la del ingenioso hidalgo, el niñito noble no me angustia tanto).

Por la escuela y por mi trabajo he leído libros por obligación. Algunos los he disfrutado, otros me han aburrido y otros los he dejado sin acabar, pero esto no sucedió hasta que sabía de cierto que me gustaba leer, y que si tenía que recorrer con tedio las páginas de descripciones de Balzac sólo para contestar un examen, ahí estarían las crónicas marcianas de Bradbury para llenarme de angustia y emoción.

He ahí el secreto de la lectura: el gusto. Como lo ha dicho Gabriel Zaid, el amor por la lectura se obtiene por contagio, no por obligación. No haciendo que los niños analicen los insulsos libros de su biblioteca circulante porque tienen que entregar una tarea. Las lecturas que hice en la primaria me gustaron tanto, que aún me acuerdo con cariño de Aniceto, el vencecanguelos, de la colección azul de Barco de vapor, y de mi libro favorito hasta hoy: Historia sobre un corazón roto (y tal vez por un par de colmillos), en el que también hay vampiros, pero mucho más simpáticos.

En esto y mucho más me puso a pensar mi primera visita a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En el amor por la lectura que le tienen los miles de mexicanos que hicieron fila para poder entrar, para obtener un autógrafo, para poder ver, aunque sea de lejos, a Mario Vargas Llosa o a Juan Villoro. En que, espero, pronto acabemos de quitarle a la lectura ese tufillo desagradable a superioridad intelectual y que ésta se vuelva un acto de puro amor, para así enriquecer, al nivel más personal que exista, una existencia llena de frustraciones y reformas políticas planchadas y José Luises Borgues  y oficinas de comunicación social y mujeres que nada más nos quieren como amigos.

Supongo que llegará el momento de volver a recorrer las descripciones de Balzac con mayor entendimiento que el que tenía a los 17 años, pero, por mientras, me conformo con las torres de libros “por leer” que he ido acumulando, y a los que hay que sumarles las adquisiciones de la FIL, y que son la manera en la que decido ser en el mundo. Y ya los dejo porque La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo, no se va a leer solo.

Foto: Especial

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