Listas

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@ricardolopezc

Hace unas semanas, en la más cursi de las estaciones, Rafael Pérez Gay escribió que el año terminaba y no tenía ninguna frase ingeniosa para despedirlo. “Será la prisa por cerrar la puerta y apagar la luz”, concluyó. Ahora que comienza el 2016 admito que aún no encuentro ninguna frase ingeniosa para darle la bienvenida. Será la prisa por ver algunos cambios. Para un columnista de poca imaginación, como yo, lo natural al inicio de cada año es enlistar todas las cosas que me gustaría cambiaran en el 2016. Para uno de aún menos imaginación lo natural sería hacer una lista de fin de año y otra de inicio, separadas por el gastado “este columnista descansa por vacaciones hasta el 7 de enero”.

El problema para mi es que son tantas cosas que quiero ver diferentes – desde la hora de apertura del Rincón de la Lechuza hasta la mayoría de los derrières que ocupan las curules de San Lázaro – que no hay suficiente espacio en Revista Malinche. Además mi solución para no escribir una lista de fin de año fue dejar de escribir en noviembre, un mes antes de las listas y los buenos deseos. Vaya forma de demostrar compromiso con el lector.

Cuando al 2015 le quedaban pocos días sentí en los mexicanos un deseo generalizado de cambio. Habrá sido la Navidad. Quizá los propósitos de año nuevo. O, tal vez, una más de esas extrañas tradiciones decembrinas. Algo parecido a discutir en términos maniqueos sobre la utilidad del Teletón o beber dos tequilas de más en la posada de la oficina. Encontré ese deseo generalizado de cambio en las columnas periodísticas que recopilaban el 2015 noticioso y en los insoportables mensajes de Facebook que escribieron las tías de mis amigos para despedir el año. Lo escuché en los mensajes navideños de nuestros más ilustres gobernantes y en los discursos intoxicados de cada sobremesa familiar.

A mí me parece que esa voluntad por cambiar el rumbo del país está motivada uno de los pocos acuerdos de la sociedad: el fin de año sirve para reflexionar sobre lo que uno quiere mejorar. Los propósitos personales no llegarán a marzo y en abril todos olvidaremos los cambios que queríamos para el país. Regresaremos a lo cotidiano: corrupción, violencia, impunidad, pobreza. Otra lista que se puede hacer, pero no hace falta recordar lo que nos hace falta.

Para los columnistas que están pensando más en las vacaciones que en escribir un texto medianamente publicable escribir listas de fin de año es un negocio redondo. Cumplen con su cuota de palabras (350 en promedio, 57 para Carlos Marín) y aprovechan para enviar sus mejores deseos a todos los lectores. En estos casos hay dos opciones claras. Hacer un recuento del año que sale o predecir el año que entra. Los que quieren parecer más subversivos escriben una lista de deseos políticos para el siguiente año y aprovechan para, según ellos, dar un golpe decembrino a los funcionarios públicos. Los más delicados desean salud, familia, amor, más salud y trabajo a todos sus lectores.

No sólo los columnistas se escudan en listas para cumplir en tiempos de transición de un año a otro. Nuestro político más listo (perdón), Andrés Manuel López Obrador, hizo un esfuerzo meta textual para ser considerado presidente legítimo de las listas. Recordó a una serie de entes – el creador, la naturaleza, la suerte y la ciencia – para pedirles una serie de deseos tan variados como más vida y la consolidación de Morena.

Algunos enlistan sus aspiraciones por necesidad. Como si apuntando lo que quieren mejorar los obliga de alguna manera a convertirse en mejor persona. En México existe el apotegma borrón y cuenta nueva porque decir “bueno, aquí nada pasó, vamos para adelante” es un adolecer característico del buen ciudadano. Las listas de propósitos y deseos que pedimos al año que comienza no son más que las agendas de cada uno. Agendas que casi nunca se cumplen y que tal vez sólo hacemos para engañarnos a nosotros mismos.

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