Lolita Bosch: Los narcos no son unos monstruos

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Por Jimena Zárate
Fotos: Aaron Rubio

Es medio día y, como ya es costumbre, una marcha bloquea Paseo de la Reforma. En un hotel que se encuentra justo a un costado de la avenida, amable y apenada por tantos requisitos de seguridad que nos han pedido para poder ingresar, Lolita Bosch nos recibe en su habitación, con un café preparado por ella misma para acompañar nuestra plática.

Para conocer a Lolita no se necesita saber que es una escritora y periodista catalano-mexicana; que es licenciada en Filosofía por la Universidad de Barcelona ni que es maestra en Letras por la UNAM. Si de verdad quisiéramos describirla tendríamos que decir que Lolita es una mujer dicharachera, curiosa de la realidad que la rodea y aferrada a entender el porqué de la misma. Habría que agregar que Lolita es una de las pocas personas  que podría darnos un narco tour por la Ciudad de México o, incluso, por el país entero, el cual estaría lleno de historias y detalles inéditos que nos harían pasar de la risa al espanto en cuestión de un segundo. Y quizás tendríamos que cerrar diciendo que es una activista que cree fielmente en el poder de la sociedad para cambiar la realidad de un país.

No sabemos cuántas entrevistas haya dado antes ni cuántas le falten por contestar hoy, pero la ausencia de un reloj en la muñeca y un celular que suena y vuelve a sonar en algún rincón de la habitación sin que se le vea la más mínima intención de contestarlo, nos deja ver que cuando se trata de hablar sobre México, su sociedad y la violencia, para ella el tiempo no importa.

Lolita se describe a sí misma como una mujer fascinada por el surrealista fenómeno del narcotráfico en México. Tal fascinación (y preocupación) por este mundo que rodea al negocio de las drogas y que ha pasado de la marginalidad, al encanto y al rechazo, la llevó a publicar Campos de Amapola, una novela en que aborda esta problemática de una forma distinta.

En Campos de Amapola (Oceano, 2012), Lolita expone varias caras del narcotráfico, pero a diferencia de otros autores que suelen retratar el fenómeno como un cuento de terror (no porque no lo sea), ella nos presenta a los narcotraficantes como seres humanos y personajes complejos que también sufren de crueldad y de injusticia.

En las páginas de este libro pasan desde los grandes capos que se han convertido en mito, hasta los sicarios que comenzaron como “ojos”, obligados a entrar en el negocio por los jefes de los cárteles que los reclutaron al azar, y por las circunstancias de pobreza y desigualdad que son tan fáciles de encontrar en nuestro país.

Sin embargo, más allá de la violencia y la crueldad con la que se asocia al narco en el imaginario colectivo, en Campos de Amapola Lolita nos demuestra que a pesar de que hay algunos psicópatas como Ramón Arellano Félix, los narcos, en su mayoría, no son unos monstruos; que hay gente muy jodida trabajando en este negocio, gente que ha sido secuestrada por este mundo, y que esto vuelve al narcotráfico un tema mucho más complejo de lo que creemos.

Lo primero que le interesó a Lolita fue la muerte de Amado Carrillo Fuentes: le impresionó mucho la muerte de un narcotraficante en Polanco, una de las zonas más ricas de la Ciudad de México, mientras le hacían una cirugía estética para cambiarse el rostro y poder irse del país. Todo le pareció sumamente absurdo. Pero fue tiempo después, cuando le contaron sobre la muerte de Ramón Arellano Félix, quien murió con una foto de su hija con síndrome de Down en la cartera, que se dio cuenta que una historia con tantas aristas solamente podía contarse a través de la literatura.

– El mundo del narco es muy complejo. La crónica puede contar un trocito, pero es imposible que logre abarcar todo. Todos sabemos cosas sobre El Chapo, los golpes de Cadereyta, los Zetas en Cancún, etc. Hay gente que lo investiga en la academia o a través del periodismo, pero poner toda esa información en contexto es sumamente difícil. Yo sentía una inmensa necesidad por entender de qué manera ocurría esto.

Pero si el narcotráfico siempre ha existido, ¿por qué ahora hay tanta muerte y violencia en distintas partes del país?, ¿qué ha cambiado?. Ya con nuestro café en mano, un tanto cargado y con la cantidad exacta de azúcar, Lolita nos confiesa que para ella la gran diferencia se dio a partir de los años 80. Antes de esto, como bien lo describe en su libro, el narco en México era pobre. Era un trabajo familiar y de campesinado que no consumía la droga y a quienes le pagaban muy poco por ella. Antes se drogaban los pobres, no los ricos.

– Fue cuando el ejército entró en Sinaloa y trató de espantar a los narcos que ellos bajaron a Guadalajara y comenzaron a montar sus prácticas ahí. En ese momento se convirtieron en narcos cosmopolitas que comenzaron a consumir la droga y la sociedad los comenzó a adorar. Entonces se empezaron a tratar al tú por tú con las autoridades.

Lolita está segura que es muy poca la gente que en realidad entiende el problema del narco, porque piensan que este  mundo es un desmadre y porque lo ven con muchos prejuicios: “Nosotros escuchamos ‘narco’ y pensamos ‘hombre, prieto y norteño’ y eso no es así”, comenta Lolita.

– Entonces, ¿cómo funciona el narco?

– El narco es un triunvirato del que sólo responsabilizamos a una parte muy pequeña. Nosotros vamos por las cabezas; los grandes capos. Pero al final del día ellos también son completamente reemplazables. Ahí hay capos superpoderosos y también miles de personas que trabajan como ejército, que son material desechable. Luego están las redes financieras que son muy difíciles de rastrear, y esas redes no son de “hombres, prietos y norteños”, más bien viven en Polanco, tienen apellidos suizos y son dueños de bancos de este país que blanquean miles y miles de pesos.Y finalmente, están las autoridades que están absolutamente implicadas. El narco funciona así.

Para Lolita, el narcotráfico se define como un negocio de rutas que se ha convertido en el colmo del capitalismo, donde los traficantes son material de deshecho y los trabajadores no tienen el más mínimo derecho e, incluso, pueden usarse como estantes humanos para dejar mensajes.

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La escritora y periodista. Fotografía de Aaron Rubio

El 28 de agosto de 2010, cinco días después de la matanza de San Fernando, Tamaulipas, donde 72 migrantes (21 salvadoreños, 10 guatemaltecos, 1 ecuatoriano y 4 brasileños) perdieron la vida de la forma más violenta a manos de Los Zetas, Lolita decidió abrir un blog para hacernos reaccionar de algún modo ante esta barbarie, para trata de poner un alto a toda esta violencia. Fue entonces que quiso aprovechar, junto con colegas como Alejandro Vélez Salas, el hecho de pertenecer a un grupo de gente con voz pública  y hacer un llamado a la responsabilidad social; porque para Lolita, como para todos los que integraban al blog que pronto se convirtió en el colectivo de Nuestra Aparente Rendición, el gran héroe de esta historia es la sociedad civil. Poco después, este colectivo se lanzó en la aventura de publicar un libro en donde 45 autores de 18 países contaban de qué modo los periodos de violencia extrema en sus países habían afectado su intimidad, su entorno o su sociedad.

Y es que si la sociedad civil cambió países como Sudáfrica en los años 80 cuando los movimientos de la sociedad atacaban el sistema del apartheid, y en Perú llevaron a la cárcel al expresidente Fujimori por los crímenes de “Barrios Altos” y “La Cantuta”, algo tendríamos que poder hacer aquí, ¿no?

– En este país proliferan cientos de miles de víctimas de “segunda”, y si desaparecen automáticamente la gente dice: “Bueno, pues en algo andaría” ¿Por qué? ¿porque su papá es chofer? Esto está mal pero está sobreentendido, porque en este país, que yo creo que es el mejor país del mundo, todo el tiempo solapamos esta injusticia social mientras afecte sólo a las capas pobres.

La matanza de San Fernando se dio en medio de las tan criticadas acciones que el gobierno del ex presidente Felipe Calderón emprendió contra el narcotráfico, mandando un ejercito a luchar contra otro grupo armado sin haber informado a la sociedad sobre lo que ocurría y cómo protegerse. Para Lolita, más que una estrategia eso fue una payasada.

– Eso fue un golpe de timón de la derecha para decir “aquí estamos y vamos a mandar nosotros”. Muy mal hecho, muy egoísta por parte del gobierno y para mi modo de ver, una estrategia muy pendeja. Yo no me creo a alguien que diga que está persiguiendo al narco porque manda federales a Ciudad Juárez. Por otro lado, lo dicen los libros: follow the money; si quieres detener a un cártel sigue las cuentas. Esas cuentas en México no se bloquean, casi no se hace investigación financiera. Y finalmente, es im-po-si-ble combatir al narcotráfico con la policía que tenemos; el “poli” no puede combatir a un señor que lleva una bazuca y gana 17 millones de dólares al mes. Si llega alguien y les dice; ¡aquí le dejo esto, comandante. Le doy cincuenta mil dólares. Yo voy a pasar el martes y usted no voltea a verme”, es imposible decirle que no, porque como policías no tienen ningún tipo de protección.

Pero para Lolita el causante de todo este desastre en el que desembocó el narcotráfico y que ha afectado a todo el país, no fue Calderón, sino el PRI, que creó una red financiera de políticos, autoridades y narcos. Ellos fueron quienes crearon relaciones durante muchas generaciones que hoy son muy difíciles de romper.

– ¿Qué opinas del regreso del PRI a Los Pinos?

– Creo que es lo peor que nos pudo haber pasado. No solo el PRI, Peña Nieto. Bueno, Josefina era una joyita ¿verdad?, pero ni el Peje, no había ningún candidato, ninguno de los tres tenía una estrategia.
Yo tengo prohibido hablar de política porque soy extranjera, pero ningún candidato puso como prioridad en su campaña detener este problema y eso está mal. Y no es cuestión de izquierdas o derechas, el estado de Michoacán, gobernado por el PRD, está igual de embarrado que Tamaulipas, que Guanajuato y que muchos más.

Lolita cree que estamos bajo el mando de un presidente que no tiene ni idea de cómo arreglar las cosas y cuya estrategia (porque el PRI es master en eso) es crear un escenario en donde parezca que no ocurre nada y hacernos pensar que podemos seguir con normalidad, cosa que ha conseguido.

-Es brutal la diferencia de censura desde que llegó Peña Nieto, y no llevamos ni un año de que tomó el poder. Es sorprendente cómo la gente dice: “cuando había guerra con Calderón…” y uno piensa: ¿pero en qué momento se acabó la guerra? Eso no se ha acabado, porque Calderón nos debe, él tiene una responsabilidad con este país y le debe una explicación a mucha gente.

A Lolita le llevó ocho años darse cuenta que la historia del narcotráfico es en realidad la historia del dolor de una sociedad con muchas costumbres basadas en el clasismo, el racismo, la xenofobia y el machismo, una sociedad que no se ha atrevido a reaccionar: “Las víctimas y los activistas vamos a parecer cada vez más locos y la gente va a pensar de nosotros cosas como ‘qué pesados son con sus muertos, si eso ya se acabó’”.

Mientras tanto, Lolita seguirá aferrada a encontrar soluciones para este México tan fascinantemente surrealista y absurdo, en donde los narcos no son unos monstruos, ni son un ejercito de gente mala que está buscando a más gente mala para hacernos daño,  sino una parte de un problema en el que todos estamos implicados.

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