Los días azules de mi infancia

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@MarianoMoreno7

Mi infancia fue tan feliz que careció de esas aventuras que luego inspiran grandes historias. No presencié un asesinato, ni tampoco hubo un cura que fuera demasiado cariñoso conmigo, ni un muñeco diabólico intentó robarme el alma. No liberé a una orca de un parque acuático ni ayudé a un extraterrestre a volver a su planeta en una bicicleta voladora. Tampoco escribí un diario mientras me escondía de los nazis, como Anna Frank. No recuerdo castigos draconianos y nunca me faltaron juguetes, educación, ni amor.

Aunque físicamente me parecía a Macaulay Culkin (antes de que cayera en las drogas) nunca fui un niño travieso como en Mi pobre angelito. Me identificaba más con Charlie Brown ya que teníamos los mismos conflictos existenciales llenos de melancolía: “Creo que tengo miedo a ser feliz, porque cada vez que me siento muy feliz, algo malo siempre sucede”. Era como García Márquez, no porque fuera el mejor escritor en castellano sino porque yo escribía para no tener que hablar. En la escuela era un niño solitario y retraído. Prefería quedarme en un rincón del salón de clases, viendo todo lo que ocurría a mi alrededor sin dar muestras de mi existencia, como Dios. No faltó quien creyera que padecía de autismo. Incluso muchos de mis compañeros escucharon con asombro mi voz por primera vez hasta que entramos a la secundaria. 

Era (soy) muy malo para los deportes. Mi odio hacia ellos era equivalente al odio que Mafalda le tiene a la sopa. En las clases de tenis usaba la raqueta como si fuera bate de beisbol y golpeaba tan fuerte que la pelota siempre le pegaba a las señoras sentadas en las gradas. En futbol era de los que se distraían si pasaba alguna abeja perdida y si se daba el milagro de que la pelota llegara a mis pies, yo lograba meter un sensacional y memorable gol… en la portería de mi propio equipo. 

Durante mi infancia me creía muchos cuentos: el Coco, Santa Claus, el nacionalismo revolucionario, la niña de la feria que se convirtió en lagarto por desobedecer a sus padres, Adán y Eva, el arca de Noé y el amor eterno. Por culpa de mi papá, durante los viajes en carretera escuchaba discos interminables de Joaquín Sabina, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Luis Eduardo Aute. Eran muchos los niños que me veían raro cuando les decía que prefería las canciones de Agustín Lara a las de Timbiriche. Antes de conocer a Brozo, detestaba tanto a los payasos que mi mamá me tenía que sacar de las fiestas infantiles como si hubiera gritado ¡Viva México! en un discurso de Donald Trump. Y Chucky me daba tanto miedo que no podía entrar a Blockbuster porque no quería ver las carátulas de las películas con su mefistofélico rostro. 

Jugar videojuegos era peor que si hubiera propaganda comunista en la casa de Nelson Rockefeller. Aunque no lo crean mi primer Xbox lo tuve hasta los 13 años, ya que en esa época se creía que los videojuegos tenían el mismo efecto que el poder, según la máxima del ex presidente Adolfo Ruiz Cortines: vuelve a los inteligentes pendejos y a los pendejos los vuelve locos. Dado que tenía prohibido jugar videojuegos tuve que matar el aburrimiento con los libros. No es que fuera un niño genio, es que no me dejaban levantarme de la mesa hasta terminar de leer determinada cantidad de capítulos. Después la obligación de la lectura se transformó en gusto y no dejaba de leer a Emilio Salgari y Los tigres de Mompracem, los mitos y leyendas del mundo antiguo, la conquista del Imperio Azteca y La Historia Interminable de Michael Ende, pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión. 

Por culpa de Jurassic Park me gustaban tanto los dinosaurios que quería ser paleontólogo. Afortunadamente decliné ese oficio, ya que si hubiera trabajado en México en lugar de desenterrar fósiles prehistóricos solo iba a encontrarme con fosas clandestinas con restos de quien sabe quién. En esos tiempos no era oprobio estar del lado del mal, así que siempre me gustó estar del lado de los villanos: Darth Vader, El Guasón, Scar de El rey león, Carlos Salinas de Gortari. Después soñé con convertirme en un superhéroe y salvar del peligro a la niña que me gustaba en ese entonces, que por supuesto no me hacía caso alguno. Araña que veía araña que quería que me picara para tener súper poderes arácnidos. Afortunadamente las viudas negras nunca abundaron en mi casa.  

Stephen King dijo que si pudiera hablar con el niño que alguna vez fue, le haría solamente una recomendación: No uses drogas, porque “al igual que el amor, la resistencia a las tentaciones hace al corazón crecer fuerte.” Aparte de eso, lo que le diría a ese niño distraído que fui es que no se preocupe tanto. Después de 20 años seguirá sin usar en su vida diaria raíces cuadradas y fracciones con diferente denominador. También le diría que no se sienta tan triste por aquella niña que lo metió en las arenas movedizas del joven desamor, en unos años vendrán mejores y más guapas.

Ese paraíso azul de la infancia terminó un día, creo que tenía 11 años, cuando mi papá llegó a la casa y muy seriamente me dijo “Es momento de que te vuelvas hombre y veas El Padrino”. Desde ese entonces el 30 de abril es relevante para mí más por el hecho de que es la fecha en la que se suicidó Hitler que porque se celebra el Día del Niño. Ahora sé que la felicidad no se encuentra en el alcohol sino en otras cosas, el problema es que no sé cuales son. No estoy seguro de que, como dijo Freud, la infancia es destino. Pero sigo imaginando películas que solo se proyectan dentro de mi cabeza y en ocasiones sueño que me balanceo por los rascacielos de Manhattan. Todavía me gustan los dinosaurios y mi mamá me sigue regalando figuras de acción de La Guerra de las Galaxias. Y como en El Principito, hay noches en las que me sigo preguntando si las estrellas se iluminan con el fin de que algún día cada uno pueda encontrar la suya.

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