Los enemigos invisibles

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@Joso9

En su columna del fin de semana en El País, el escritor Javier Marías se queja de que en España (y en todo el mundo) haya gente dispuesta a ofenderse por cualquier cosa: “Hechos, declaraciones, bromas, opiniones que hace unos años habrían pasado casi inadvertidos son hoy pretexto para que los periodistas, tertulianos, tuiteros y demás, se mesen los cabellos y se rasguen las vestiduras” dice Marías.

Este tema no es nuevo en su agenda. El pasado noviembre se preguntaba “Por qué no hay mayor placer que el de quejarse y protestar por todo, más cuanto más inexistente el motivo.” y en febrero escribió que “El problema mayor son las sociedades, el ánimo censor que se va adueñando del planeta.”

Y Marías no es el único. Hay una tendencia de algunos columnistas de señalar, ofendidos, a enemigos invisibles como “las sociedades”, “los políticamente correctos”, “los izquierdistas” y “los tuiteros”. Sobre el caso de Andrea Noel y Andoni Echave, Ciro Gómez Leyva escribió: “¿Qué dirá ahora de Andoni el rebaño que hace dos semanas quería azotarlo y castrarlo?” Ricardo Alemán es otro experto en dirigir ataques contra una masa: “Es posible que para ‘las buenas conciencias’ resulte ofensivo llamar ‘ratones’, ‘ratas’, o ‘rateros’ a servidores que privilegian la depredación del dinero público.”

¿Pero quiénes son estas ‘buenas conciencias’? ¿Quién compone al ‘rebaño’? ¿Cuáles son las ‘sociedades’ dispuestas a ofenderse todo de las que habla Marías?

Aquí mismo, en las páginas de Malinche, dos de mis amigos y compañeros han escrito con argumentos parecidos. Ricardo López escribió que “Si prohibimos cada película, libro o panfleto que ofenda a alguien nos quedaremos sin nada. O, peor, con textos vacíos y cintas asépticas.” y menciona por ahí “el ánimo censor de los políticamente correctos”. Con un argumento parecido, Mariano Moreno publicó que: “Si seguimos el mismo criterio de los que quieren prohibir el vídeo musical de Gerardo Ortiz, tendríamos que hacerle una purga a todas las expresiones artísticas, culturales, sociales y quedarnos sin catarsis.”

Tiene tiempo que sigo, intrigado, este tipo de argumentos, sobre todo por su tendencia a la exageración y al catastrofismo. Si un grupo de personas pide que se censure un video de un cantante de banda, esto no quiere decir que vayamos a hacer una purga como la que dice Mariano. Si alguien firmó la petición para que no exhibiera Pink, esto no quiere decir que esté a favor de cintas “vacías y asépticas”. La mayoría de las personas, quiero creer, son gente sensible y pensante, a la que le disgusta que un grupo sea humillado en la pantalla grande, pero eso no significa que vayan a poner el grito en el cielo por cualquier película medianamente controversial.

Ése, creo yo, es el problema de señalar enemigos invisibles, que agrupamos todas las denuncias, todas las ofensas, en un sólo grupo, en una masa vacía que no representa a nadie pero sirve para burlarse o desacreditar causas importantes. Cuando Ciro escribe la frase “Feminismo radical mexicano”, permite que mucha gente saque a pasear sus ideas más retrógradas amparados por la libertad de expresión. Y esas ideas tienen consecuencias muy reales.

En un artículo de The Telegraph, Alex Proud escribió que la cultura de ofenderse por cualquier tontería distrae la atención de problemas más serios y causas más importantes. En su artículo, utiliza ejemplos sobre “fat-shaming” y “sweat-shaming”, que es, básicamente, ofenderse porque a uno le digan gordo o sudoroso (o gordo-sudoroso). Es cierto, yo tampoco estoy a favor de los linchamientos en Twitter y la censura a lo tonto. Si un amigo mío me dice “gordo sudoroso”, probablemente yo responda con un insulto aún más brutal pero amistoso.

Sin embargo,  tenemos que entender que no todos los casos son iguales. Hay distintos grados de ofensas y de responsabilidades. Hay casos en los que una denuncia se exagera, en la que la mayoría de los tuiteros se equivoca, o en que, en nuestro afán de proteger a ciertos grupos, pasamos a joder a otros. Pero tenemos que aprender de esta constante negociación de palabras y términos en busca de un discurso más honesto y, a la vez, progresista. Temerle a enemigos invisibles u ofenderse por los ofendidos no conduce a ninguna parte. Defender la libertad de expresión a la brava es tanto como no defenderla.

Foto: Horizontal.mx

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