Los jurados ya casi no se equivocan

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Por Pedro Derrant

Reseñar un libro ganador de un premio siempre es una posición incómoda. Uno no puede hablar mal de él sin enfrentarse a quienes defienden a capa y espada (o a raqueta) la “opinión profesional” de un jurado, ni sumar su aplauso al del resto de la crítica sin parecer un borreguito cuyos gustos responden a los dictámenes de alguien más. Lo anterior ocurre con mayor frecuencia cuando le otorgan el laurel a un escritor que se lo merece más por sus contactos que por su literatura. Por suerte esto no ocurre siempre, pues todavía existen autores como Álvaro Enrigue que le dan a uno la feliz obligación de hablar bien de un libro.

Muerte súbita (Anagrama), la novela más reciente de Enrigue, fue galardonada con el Premio Herralde de Novela 2013. En ella se relata un peculiar encuentro de tenis entre el pintor milanés Michelangelo Merisi da Caravaggio y el poeta toledano Francisco de Quevedo; aunque,decirlo en estos términos no deja de parecerme reduccionista. La novela no trata sólo de este partido. Es el punto en el que confluyen todos los hilos que entreteje el autor, sí, pero no es ni siquiera el diez por ciento de la acción total de la obra. Es una excusa, un pretexto que le sirve a Enrigue para ponerse a hablar de pintura, de poesía, de los papas y los nobles del Renacimiento, de Hernán Cortés, de la Malinche, en fin, de todo cuanto se relacionara con ese partido, ya fuera durante el siglo XVI o los siguientes.

Recortes de libros, pequeñas anécdotas personales y reinterpretaciones históricas son también algunas de las aristas que componen la novela. La maestría con que Enrigue pasa de lo explícitamente ficcional a lo que roza ya el terreno de la crónica es asombrosa. Uno no termina de entender en qué lugar ha empezado a decirse una verdad o una mentira y, en cualquier caso, tampoco importa. La novela avanza con gran seguridad de sí misma, a través de varios niveles narrativos y temporales. Enrigue posee un estilo sólido, de gran limpieza y exactitud. Es una prosa, para decirlo en una palabra, inteligente. Inteligente tanto en su desenvolvimiento formal, evidencia de un gran dominio de los ardides narrativos, como en el contenido de su literatura. Esto no quiere decir que nos hallemos frente a un estilo elevado a propósito, como para impresionar al lector, sino ante uno que no puede evitar las referencias cultas, pero que tampoco se inmuta para decir “mierda”, “puta” o “xingar” (así lo escribe Enrigue).

Cuando uno empieza a leer la novela y ve que habrá un encuentro deportivo, es irremediable tomar partido por uno de los contendientes. Yo me incliné desde el principio hacia Quevedo porque sus sonetos contra Góngora siempre me han hecho reír horrores; sin embargo, conforme pasa la novela tampoco pude evitar sentirme atraído por Caravaggio. No se trató de una atracción a la figura del pintor, a quien ya conocía y admiraba, sino al Michelangelo Merisi que retrata Enrigue en Muerte súbita. Estoy seguro de que lo mismo me hubiera pasado con Quevedo de haber estado del lado del milanés en un principio. Y es que la intimidad a la que esta novela nos lleva a conocerlos resulta en que, apenas tengamos leídos unos cuantos capítulos, no nos importen más los bandos y nos dejemos cautivar por el encanto de estos dos calaveras. Quizá no hayan sido así en la vida real, y como he dicho, en verdad no importa, pero como personajes literarios resultan entrañables, polifacéticos y con gran vida.

Hasta ahora me he encargado de decir lo que me gustó de la novela y sería momento de señalar sus defectos, pero de verdad no hay alguno que me parezca digno de mención. Muerte súbita es una novela fresca, de una gran ambición sustentada por la fineza de los recursos y la retórica de Enrigue. Plural, dueño de una manera propia de hacer literatura, cosmopolita; todo ello evidencia ser el autor de esta magnífica obra. Puedo sonar hiperbólico, lo sé, pero mi disculpa la sabrá aceptar el lector cuando tome entre sus manos la novela, tan atrevida que cuesta encontrarle un parangón en la literatura mexicana, contemporánea o de cualquier otra época.

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