Los maestros que no sabían nada

pizarron
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@Joso9

Es fácil mirar al pasado con nostalgia. Comparar la angustia que sentimos ahora y creer que hace unos años todo era más fácil, menos amenazante. El pasado es benigno porque estaba lleno de posibilidades, mientras que el presente nos las va quitando una a una. Como dice Margaret Laurence en su novela The Diviners: “When she was a young child, she used to believe that everything would be all right once she was grown up and nobody could tell her what to do. Now she wishes someone could tell her what to do.”

En unos años, la mayoría de los jugadores de la selección nacional serán más jóvenes que yo, mientras que ya le saco al menos seis a cualquier joven promesa del deporte. Se han ido los sueños de ser delantero del Chelsea, investigador privado y astronauta; ahora me conformo leyendo libros como poseso y llenando este espacio semanal con palabras que, puestas juntas, suenan más o menos como ideas.

Y en esta breve exploración del pasado que he hecho en días recientes, sigo encontrando una figura que aparece aquí y allá: la del maestro.

Es normal, supongo. Si cada uno de nosotros ha de vivir más o menos 80 años, eso significa que pasamos cerca de una cuarta parte de nuestra vida rodeados de maestros. Quizá por eso, cada cierto tiempo emerge en la mesa familiar la anécdota del profesor que le quitó a mi madre las lista de asistencia cuando se hizo novia de mi padre. Lo que para el maestro era perder a su mejor alumna, significó que yo pueda estar escribiendo estas líneas.

Sin embargo, no quiero aquí rastrear las coincidencias que me trajeron hasta esta pequeña ciudad inglesa en la que recientemente me ha dado por recordar a mis maestros. Será que mi pasado todavía está muy cerca y no se ha nublado de nostalgia, pero me pregunto cómo dejamos que los profesores tuvieran tanta influencia en nuestra vida. ¿Por qué permitimos que los números en una boleta de calificaciones fueran la peor pesadilla de muchachos de 13 años? Una buena parte de Mis documentos, de Alejandro Zambra, lo ocupan algunos relatos y memorias del colegio. De esos cuentos, le robo el siguiente párrafo:

No sé si es preciso aclarar que esos profesores eran unos verdaderos hijos de puta. Ellos sí tenían nombres y apellidos: el profesor de matemáticas, don Bernardo Aguayo, por ejemplo, un completo hijo de puta. O el profesor de técnicas especiales, señor Eduardo Venegas. Un concha de su madre. Ni el tiempo ni la distancia han atenuado mi rencor. Eran crueles y mediocres. Gente frustrada y tonta. Obsecuentes, pinochetistas. Huevones de mierda.

No quiero aquí despotricar contra la educación pública y gratuita, ni hacer una diatriba contra la evaluación universal. Tampoco creo que todos mis maestros hayan sido unos verdaderos hijos de puta. Pero estoy de acuerdo con Zambra: algunos no eran más que personas mediocres y resentidas, que encontraban cierto placer en retacarnos de conocimientos de 8 a 3 para después decirnos que éramos tontos por no poder recitar de memoria una tabla periódica.

¿Qué será de mi viejo maestro de Civismo, con sus eternos chalecos, que trataba de enseñarnos lo que era o no ético? ¿Estaba casado? ¿Habrá tenido algún amorío? ¿Se preguntaría si era moral o no engañar a su esposa cuando miraba, enfebrecido, las piernas de una joven amante?  ¿Y el maestro de Biología que no regalaba una décima? ¿Seguirá enseñándole sobre el “reino plantae” a muchachos de 13 años que solamente quieren jugar futbol y besarse en las bancas del parque con sus compañeras?

Poco nos imaginábamos que ser subdirector de una secundaria privada no daba esa clase de poder místico con la que veíamos al “Sub”. O que el prefecto, con sus moralinas amonestaciones, era simplemente un adulto más con poca idea de lo que hacía; con un trabajo que, supongo, pagaba las cuentas, porque nunca he escuchado a un niño decir: “De grande quiero ser prefecto de una secundaria en Azcapotzalco.”

Con todo, son esos adultos los que definen nuestra valía durante años. Los que nos dicen si somos un 7 o un 10. Y en esos años no hay dudas ni evaluaciones alternativas, sólo calificaciones, materias reprobadas, tareas sin entregar. El mejor ejemplo que se me ocurre ahora es Walter White, cuya mayor frustración en la vida era ser un brillante químico condenado a enseñar en una preparatoria.

De todos, el peor fue Emilio Chalico. No podía tener más de 35 años cuando me dio clases de Matemáticas I en la preparatoria. No le reprocho el 66 final, que en el Tec es reprobado y que de todas maneras me merecía. Le reprocho su aire burlón y supuestamente serio, como si cuatro puntos significaran que yo no tenía futuro posible. Como todos, le reprocho no haber usado la división de ecuaciones ni una sola vez desde que me gradué y le reprocho por hacerme sentir la persona más estúpida de todo el sistema Tec de Monterrey durante un año. Cuando recuerdo mi preparatoria, siempre veo a dos o tres amigos, una o dos muchachas y la cara de Emilio Chalico diciéndome que no insistiera, que no iba a ayudarme a pasar.

Sería injusto dejar aquí solamente resentimiento. En el mismo libro, dice Zambra: “Me acuerdo de profesores que nos hundían y de profesores que querían salvarnos. Profesores que se creían Mr. Keating. Profesores que se creían Dios. Profesores que se creían Nietzsche”. Yo pienso con especial cariño en los que se creían Mr. Keating, el legendario profesor de La sociedad de los poetas muertos; maestros a los que admiro como profesionales o como personas y a los que puedo llamar amigos. Son esos los que se esforzaron por no hacer de nuestras horas en el salón un mal recuerdo, los que trataron de impulsarnos para ser personas menos obtusas. En 10 ó 30 años, cuando me haya olvidado de esta columna y vuelva a escribir sobre mis maestros, espero todavía acordarme de ellos y haber olvidado, por fin, la sonrisa burlona de Emilio Chalico.

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One Comment;

  1. José Luis García R. said:

    ¡Formidable! No hay como leer las experiencias y letras de un alumno para entender la huella que dejamos los que nos dedicamos a esta labor de enseñar. Gracias, José Pablo.

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