Manitas por debajo de la mesa

MCH_DESAMOR-SOFIA
Share Button

Por Sofía Secin
@secinapark

Con la intención de compartir una experiencia pertinente para el “Día del amor y la amistad”, decidí salir en busca de cierto humor que me acompañó durante años (años inundados de vivencias mayormente negras que impulsaron el desarrollo de mi lóbulo sarcástico). Pero por más que intenté encontrar algo entre mis memorias, mi actual estado de ánimo, aplacado por estos meses de tranquilidad, salud y felicidad, me impidió encontrar lo que necesitaba. Decidí entonces acudir a la memoria de Ibargüengoitia; tal vez podría robarme alguna de sus historias o al menos recuperar algo de honor humor.

Así encontré a “La mujer que no”, donde Ibargüengoitia cuenta que un día, después de varios años de no ver a una mujer que había sido uno de sus más grandes amores, se la encontró en la calle. Con la ilusión de que, tal vez, pudiera tener cierto acceso a una parte de ella, la invitó por un café a Sanborns. Ella aceptó. Sin embargo, para su desgracia, ella –como la llama él por discreción– no fue sola, sino que fue acompañada de su mamá. A pesar de la presencia de la madre, en cierto momento Ibargüengoitia se atrevió a poner su mano sobre la mano de la hija y a apretarla “tan fuerte que alcanzó a notar que a ella se le retorcían las piernas”. Por supuesto, la madre no dudó ni un instante en recordarle que su hija “era decente, casada y con hijos” y que él había perdido su oportunidad trece años antes. Entonces él “guardó la compostura”.

Recordé de inmediato que en mis años preadolescentes había sido sujeta a más de un encuentro como esos. De entre esas memorias vergonzosas, reapareció un episodio en especial porque fue la semilla que llevó a una incipiente relación al fracaso.

Cuando tenía unos trece o catorce años mi papá consideró oportuno invitar a comer mi novio para conocerlo. Mi mamá no pudo llegar así que terminamos solamente los tres en la mesa. A mitad de la comida, justo cuando terminábamos de tomar la sopa e íbamos a pasar a la tampiqueña (un plato que implicaba el uso de cuchillo y tenedor), Él (discreción), se tomó la libertad de tomar mi mano. Sin embargo, decidió ir un paso más lejos: en un arranque desvergonzado decidió tomarla no sobre la mesa sino por debajo, justamente sobre mi pierna. Sé que en ese instante mi papá deseó con todas sus fuerzas ser capaz de atravesar el mantel para quemar nuestras manos; hasta el día de hoy recuerda ese evento como el inicio de mi perdición. Pero en ese momento mi único y grandísimo pecado fue la inocencia. A pesar de las creencias de mi padre, lo único que ocupaba mi cabeza era la creciente desesperación por no poder partir mi comida.

Tratando de aguantar la molestia, decidí darle tiempo y empezar comiendo lo demás, así pasé por el arroz y los frijoles, pero cuando llegué a la enchilada me di cuenta de que esto no iba a parar. Recuerdo que Él me volteaba a ver para sonreirme y que yo, ilusamente, creía que en ese momento soltaría mi mano. Incluso creía que me pediría perdón. Pero ese momento nunca llegó y con cada segundo una sensación de impotencia crecía dentro de mí. Así, lejos de pensar en los ojos de mi papá y mucho menos en piernas retorcidas, lo único que me preguntaba era por qué alguien querría comer de la mano de otra persona. Fue así, justamente así, como mi ausencia de imaginación (o mi imaginación mal direccionada) sentó las bases que me llevaron al fracaso de mi primer amor.

Antes de la comida con mi papá, Él y yo habíamos tenido otras dos citas. En la primera (más bien en la número cero), salimos a caminar por la colonia. Recuerdo que las horas de espera fueron de verdadero ensueño. Solamente pensaba en el hecho de que alguien “de tres generaciones arriba de la mía”, que recientemente había llegado de Estados Unidos (por lo que era el hombre más mirado, deseado, codiciado y envidiado de la escuela), me había elegido a mí para salir con él. Sin embargo, en medio del ensueño, recuerdo también las discusiones con mi mamá quien, al no poderme prohibir salir con él, decidió que era el momento de regalarme un libro que tenía como portada el dibujo de dos adolescentes desnudos y tomados de las manos. A la fecha, ese libro sigue guardado en mi buró envuelto en su plástico original. No me he atrevido a abrirlo.

Para rematar con la desconfianza de mi madre, cuando Él llegó por mí decidió que era buena idea mandarme un mensaje en lugar de tocar el timbre. Error. Mi mamá lo notó de inmediato y empezó a seguirme hasta que llegamos a la puerta. Cuando abrí, mi mamá lo saludó con una sonrisa asesina y le dijo: “Aquí, justo aquí a tu lado, está el timbre. Ah, y también hay una campana por si llegara a irse la luz”. Yo quería morir de pena. Después de eso, me miró a mí lanzándome una mirada aún más feroz que acompañó de un pellizco no muy discreto. Bastante incómoda le dije que volvía después y salí de la casa.

A los pocos pasos Él me dijo que me tenía una sorpresa, pero que me la daría más adelante. Así, cuando doblamos la esquina y se aseguró de que mi mamá ya no nos veía, me detuvo. Después tomó mi mano lentamente y mirándome a los ojos puso sobre ella un listón enrollado en cuyo interior me preguntaba si quería ser su novia. Sin dudarlo ni un instante respondí que sí. Entonces me abrazó muy fuerte y me dio un beso en los labios que definitivamente no esperaba. En el instante en que comenzó a acercarse, lo único que pude ver fue la mirada de mi madre. Me puse completamente rígida, cerré los labios y me alejé. No era mi primer beso, debo aceptarlo, pero además de tener la presión de las lecciones de mi mamá, estábamos en la calle y yo me había prometido (a mí y a mis amigas) que nunca iba a demostrar mi afecto en público. Cada vez que pensaba en un beso en la calle venían a mi cabeza imágenes de lenguas serpenteantes que se introducían en la boca de una mujer llena de longitas que rebotaban con cada movimiento. Era claro que yo no iba a ser una de ellas. Para evitar que intentara de nuevo acercarse a mi cara, después de unos minutos lo invité a jugar futbol a mi casa.

Así pasaron unas cuantas citas caracterizadas por mi destreza en el futbol y relucientes por mi torpeza afectiva, hasta que llegamos a la que se convertiría en la última. Al salir de la escuela quedamos en ir a tomar un café en una plaza que estaba muy cerca. Le pedí permiso a mi mamá, quien de inmediato me respondió que sí. La miré sorprendida y entonces agregó que justo ese día ella también había quedado de ir tomar un café con unas amigas. En ese momento no me pareció tan problemático. Me imaginé que ella se sentaría lejos de mí y que yo podría platicar con él. En el fondo también deseaba que él mantuviera sus impulsos quietos y eligiera, en cambio, conocer un poco más cómo pensaba. Sin embargo no tuve la suficiente rapidez para darme cuenta de lo que eso significaba y, sobre todo, de lo que eso representaría para Él. Lo supe hasta que su sonrisa se convirtió en una mueca de odio cuando escuchó la voz de mi mamá, saludando a sus amigas.

Sugirió entonces que fuéramos a la barra a ordenar. Los dos pedimos un caramel frapuccino con crema batida y dulces diabéticos extras para eliminar el sabor del café. Después tomó mi mano. Empecé a sufrir… Pronto vendría la mano sudada y después su aliento cerca de mi nariz. Me llevó a una mesa que se encontraba escondida detrás de una columna y nos sentamos. Lo que sucedió a continuación aún me resulta enigmático: de entre los muchos temas de conversación que puede tener un adolescente, tal como los maestros, los amigos, nuestras materias, colores, sabores, días, horas y prendas favoritas, Él eligió hablar de las mujeres más guapas de su generación. ¿Por qué no? Aún ahora me debato entre pensar que desde niño era un hombre verdaderamente libre y sin complejos, o bien, una persona sin ninguna clase de sentido común. Me inclino por la primera. Sin duda, él pensará algo parecido de mí (si es que no me borró por completo de su historial romántico). Así entre “la pecosa de ojos verdes”, “la güera de piernas largas”, y “la gordibuena de pelo largo”, pasaron las horas hasta que mi mamá se acercó y me dijo que ya nos íbamos. Nos despedimos rápidamente. No hace falta mencionar que, incluso frente a mí mamá, intentó despedirse haciendo uso de todos sus derechos y obligaciones como novio.

Cuando volví a mi casa me puse a jugar viborita en mi Nokia mientras escuchaba por octogésima vez en el día “Tú” de Shakira o algún disco de Britney Spears. De pronto me llegó un un mensaje. Era Él quien me escribía que había olvidado contarme que la siguiente semana iría a San Diego a visitar a unos amigos. Como era diciembre, aprovecharía para irse tres semanas. No recuerdo haber sentido tristeza o algún tipo de angustia. En lo único pensé fue en que si se iba tantos días iba a tener que celebrar nuestro aniversario de dos meses sola, pero no se lo dije. No quería hacerlo sentir mal. “!Q padre! T diviertes kñon” o algo así respondí. Recuerdo que me dijo me me escribiría o me llamaría algún día desde allá y que yo esperé esa llamada hasta que terminaron las vacaciones. No supe nada de él. Por supuesto, cuando volvió nada fue igual. Él no me buscó y yo tampoco.

A los cuatro días nos encontramos en el recreo de la escuela y nos fuimos a sentar a unas banquitas. Ahí sentados me dijo que ya no estaba contento; me dijo que me faltaba iniciativa y actitud. “Nunca me abrazas ni intentas acercarte a mí. Mira cómo se abrazan ellos, por favor…” Me dijo mientras señalaba a una pareja escondida detrás de una pared de arbustos. Qué asco… pensé. Pero de inmediato regresé a nuestra conversación para intentar entender sus reclamos. “Realmente necesito que hagas cambios”. A pesar de mi esfuerzo por encontrar alguna respuesta, me quedé en blanco. La verdad es que no quería tener que abrazarlo frente a todos para seguir con él, pero tampoco sabía qué pasaría en otro caso. Así, entre mi sumisión y mi temor respondí algo como: “Está bien, voy a cambiar”. Cuando sonó la campana y nos separamos para ir a clase concluyó que si esto no mejoraba no quería seguir conmigo. No pasaron más de cuatro horas cuando experimenté mi primer despido del mundo del amor.

A la salida de la escuela, en medio de la euforia y el caos de los alumnos, se me acercó y lentamente me alejó de mis amigas. Mientras separaba sus piernas, encorvaba su espalda y colocaba su mano sobre mi hombro para adoptar una posición cómoda, me dijo que durante las últimas horas de clase había pensado en que lo nuestro de plano no tenía futuro. “Si seguimos, nos vamos a lastimar más”. ¿Lo he lastimado?, me pregunté. Guardó silencio unos segundos esperando mi respuesta pero mi cabeza estaba nublada. De inmediato empecé a sentir cómo mis uñas se encajaban entre ellas mientras mis palmas sudaban. Intenté respirar con tranquilidad mientras pensaba. “¿Será el momento de tomar su mano y pedirle otra oportunidad? ¡Seguro sí! ¿Pero cómo hacerlo cuando mis manos estaban hechas un mar de sudor? ¡Qué horrible es esto! ¿Qué se hace en estos momentos?” Cada minuto me agobiaba más por su espera, su mirada y la presión de estar en medio de mis amigos. Tal vez quería que me lanzara a sus brazos y que le dijera que ya había cambiado, pero nunca me atrevería a hacer eso. Después de varios minutos de silencio, seguramente acompañados de muecas y gestos incontrolables, lo único que se me ocurrió decir fue que si quería que le devolviera el balón que me había regalado. Silencio sepulcral. “No, obvio no”, respondió lanzándome una mirada de lástima o asco total que en su interior guardaba un “¿neta?”, “¿neta esa es tu respuesta?” Entonces me dio una palmada en la espalda (bastante cordial, por así decir) y se alejó lanzando unas palabras de agradecimiento que se desvanecieron en el aire.

Pero ahí no quedó todo. Decidió terminar de cerrar el capítulo con otro detalle ese mismo día. Como no solo éramos compañeros de escuela y vecinos, sino que era hermano de una amiga, no hubo ninguna tregua; ningún espacio para que lograra reponerme del desconcierto. Esa tarde justamente fui a casa de mi amiga para hacer una maqueta de un organismo unicelular que debíamos entregar al día siguiente en la clase de biología. Desde que iba camino a su casa rogaba para que él estuviera en su entrenamiento de futbol. “Que no esté, que no esté”. Al llegar nos sentamos en la sala y comenzamos a armar la maqueta. Mi amiga, que aún no sabía nada, me preguntó que por qué tenía tanta prisa al ver que armaba y pegaba a toda velocidad aparatos de Golgi, ribosomas y citoplasmas. Le dije que no, que todo estaba perfecto. En realidad no tenía ganas de contarle a ella nada, finalmente era su hermano y una semana atrás seguíamos festejando el hecho de que éramos “cuñadas”. No, no le diré ahora.

Para mi desgracia, mis plegarias se escucharon solo por algunas horas. Cuando estaba a punto de salir, fui a despedirme de su mamá a la cocina y para mi sorpresa él estaba ahí con una amiga; una muy amiga de él y de toda su familia, quien sostenía cariñosamente su mano en un intento por consolar el amargo trago que Él sufría por la falta de cariño de una pobre e inocente “niña bien”.

Comentarios

comentarios

*

Top