Matrimonio entre putos

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@Joso9

“Los límites del lenguaje son los límites del pensamiento.”
– José Emilio Pacheco

Empiezo esta columna con una disculpa: no pretendo ofender a nadie, ni estoy en contra de los derechos de los homosexuales; creo firmemente que cada quien puede coger con quien se le da la gana, casarse con quien se le da la gana y hasta ponerle colores a su foto de perfil de Facebook, si quiere. Pero el título de esta columna, así de ofensivo como suena, es necesario.

Es necesario porque la palabra “puto” forma parte de nuestro vocabulario común y nuestro ADN como mexicanos. Y cuando digo ADN no me refiero solamente a que somos amables, cálidos y bromistas, sino a que somos una sociedad todavía muy conservadora y misógina, hecha a base de “machitos”: jefes de familia estilo don Cruz Treviño Martínez de la Garza (si no ubican esta referencia pónganse a ver películas de Pedro Infante).

Por supuesto, México ha ido cambiando con el paso de los años, y cada vez vivimos más una cultura de apertura ideológica. Sin embargo, no tenemos el recorrido histórico de Estados Unidos en materia de lucha por los derechos civiles; por eso no es de extrañar que la decisión de nuestra Suprema Corte de aprobar el matrimonio gay en México no trascendiera como era debido. Dice en su columna José Buendía Hegewisch:

Estados Unidos llega al fallo tras una democracia de dos siglos y un largo recorrido a favor de los derechos civiles y de la diversificación en la aplicación de sus normas que, sin embargo, no conjuran el odio racista. Aquí la ruta legislativa partió hace poco tiempo de la necesidad de reconocer a minorías, generalmente, castigadas por la tradición, dogmas religiosos, la moral mayoritaria —tan grande como la proverbial doble moral nacional— como condición para la construcción democrática. Se originó de la confianza ilustrada en la ley para revertir desigualdades materiales con su fuerza igualadora y capacidad para generar espacios habitables para las minorías. El fallo de la Corte, en ese sentido, cierra el dique a las presiones mayoritarias por excluir e invisibilizar a la comunidad gay en las formas jurídicas, aunque pocos crean que por sí solo exorcice el demonio de la intolerancia.

Me gusta mucho la última frase: “aunque pocos crean que por sí solo exorcice el demonio de la intolerancia” porque da justo en el clavo. La lucha por los derechos de la comunidad LGBT no pasa solamente por las leyes. La aprobación del matrimonio gay es un gran paso, pero la discriminación y el odio no se acaban así como así. Se requiere educación, respeto y que Norberto Rivera salga de una vez del clóset; porque la intolerancia ocurre hasta en nuestros actos más inconscientes, por ejemplo en nuestra forma de hablar.

La última vez que se habló de la palabra “puto” fue durante el Mundial de Brasil 2014. En esa ocasión la FIFA hizo un esfuerzo para que la porra mexicana dejara de decirle así al portero rival cada vez que sacaba de meta; provocando que lo gritáramos en los tiros de esquina, tiros libres, saques de banda y creo que hasta en el volado.

En esa ocasión muchos periodistas y escritores se pronunciaron al respecto. Algunos argumentaron que era parte de nuestro folklore nacional. Digamos que entre el mole y el son veracruzano se ubicaba el “puto”. Otros dijeron que era un insulto evidentemente homofóbico y que por tanto habríamos hecho bien en dejar de gritarlo en el estadio.

Entiendo ambas posturas. Entiendo que la gente que va al estadio y grita no es homofóbica (o al menos no toda), y que si grita “puto” es porque es un insulto con una sonoridad agradable y filosa; también lo grita porque lo ha usado muchas veces y no para ofender a un homosexual. A sus amigos les dice “No sean putos y vamos por unas chelas” y en verano dice “Estoy hasta la madre del puto calor”.

En un de sus monólogos, el filósofo estadounidense Louis C.K. reflexiona sobre el uso de “faggot”, que en inglés es una palabra despectiva para un homosexual, pero que se usa también con cierta flexibilidad. Al respecto dice:

I would never call a gay guy a ‘faggot’ unless he’s being a faggot. Not because he’s gay. Like, if I saw two guys blowing each other […] I would be respectful to them. ‘Hello, gentlemen.’ You know, whatever. But if one of them took the dick out of his mouth and started being all faggy, saying faggy things, like ‘People from Phoenix are Phoenicians’ or something like that. I’d be like, ‘Hey, shut up, faggot. Quit being a faggot and suck that dick.’

[Yo jamás llamaría a un chico gay “maricón” a menos que esté siendo un maricón. No porque sea gay. Por ejemplo, si viera a dos tipos chupándosela entre ellos […] sería respetuoso. “Buenas tardes, caballeros” o algo así. Pero si uno se saca el miembro de la boca y empieza a ser muy maricón y a decir mariconadas como “La gente de Phoenix son fenicios” o algo así, le diría: “Hey, ¡cállate, maricón! Deja de ser un maricón y métete ese pito en la boca”.]

Por cierto, no sé si ya lo notaron pero esta columna contiene lenguaje altisonante. Se recomienda la supervisión de los padres. Continuemos:

Otro de los argumentos que podría dar para preservar la palabra “puto” en nuestro vocabulario es que me encanta esa canción de Molotov. Es muy divertido que la pongan en una fiesta cuando todos ya estamos borrachos y cambiamos la palabra “puto” por el nombre de uno de nuestros amigos. Sin embargo, la banda se vio envuelta en la misma polémica hace unos años, y tuvo que hacer malabares para tratar de explicar como “Puto” no era una canción homofóbica: “En cada país donde nos hemos presentado desde 1997 (año en que se lanzó la canción) hemos dejado muy claro que no se trata de un tema en contra de la comunidad gay, y que por el contrario, va dirigida a aquellos políticos corruptos y cobardes” declaró la banda en 2013.

Por una parte estoy de acuerdo que el que no brinque ni eche desmadre es “puto”, sin embargo, durante la polémica en el Mundial pasado un argumento de Alvaro Enrigue me hizo pensar dos veces las cosas: “El término puto es irremediablemente discriminatorio: iguala las nociones de “enemigo” y “homosexual” y no hay manera de rizar ese rizo sin hace el ridículo”.

Ya lo dije, me gusta mucho la canción de Molotov, pero cada vez que se enfrentan a un reclamo por ella, en efecto, parece que hacen el ridículo, porque evidentemente la única definición que hay de “puto” es la de un hombre al que le atrae una persona de su mismo género. Y eso no es, ni debe ser jamás, un insulto.

Como podrá notar el lector atento, estoy dando vueltas sin llegar a una conclusión. Básicamente porque no la tengo. ¿Es “puto” en efecto parte de nuestro folklore?, ¿está bien que lo sea?, ¿debemos evitar la palabra y de ahora en adelante decir “the p-word”?, ¿lo podemos decir entre amigos?, ¿y que pasa si uno de nuestros amigos es homosexual?, ¿sólo la comunidad gay debe estar autorizada para decirla?, ¿o tampoco ellos?

El último argumento que me queda por desgranar es el de lo políticamente correcto. Personas más inteligentes que yo han escrito sobre el daño que hacer la corrección política en el discurso. En su magnífico ensayo “Authority and American Usage”, el escritor David Foster Wallace dice que la corrección política es una forma de censura, y que cualquier forma de censura beneficia al status quo, pues “es la sustitución Orwelliana de eufemismos de igualdad social en lugar de igualdad social en sí misma”. Foster Wallace argumenta que el error al ser políticamente correctos es que creemos que la forma en que una sociedad se expresa produce una serie de actitudes, en lugar de darnos cuenta que nuestras actitudes crean la forma en que nos expresamos.

Por lo tanto, pretender prohibir la palabra como lo hizo la FIFA no acabaría con la discriminación, ni la intolerancia ni la estupidez. El verdadero cambio tiene que provenir de nuestras actitudes como sociedad, y no solamente en nuestra forma de expresarnos. Quizá solamente hay que pensarlo dos veces en lugar de usar el “puto” tan a la ligera. Quizá con educación, y tolerancia y respeto, la palabra simplemente desaparecerá un día de nuestro vocabulario. Y ese día, si alguien no quiere brincar ni echar desmadre tendremos que buscar otra forma de ofender a ese hijo de la chingada.

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¿Qué estamos leyendo? Esta semana terminé de leer Amsterdam, del gran escritor inglés Ian McEwan. Es una novela entretenida, corta y muy ágil, aunque es menor que Chesil Beach y Atonement (estas dos son una maravilla). Si a alguien le interesa empezar a leer a McEwan, Amsterdam o Jardín de Cemento son buenas puertas de entrada.

Foto: El Universal

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