Memoria y horror (Medellín y Apatzingán)

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@Joso9

«La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido»
– Milán Kundera

En la Sala de la Memoria no hay luz. El recinto está totalmente a oscuras salvo por los foquitos blancos que simulan estrellas incrustadas en las paredes negras. También están los rostros. Decenas de ellos. Decenas de fotos que aparecen por un momento y luego se desvanecen para dejar su lugar a un nombre y a una o dos palabras: “Homicidio”, “Desaparición”, “Desaparición Forzada”. Son sólo algunas de las miles de víctimas que el conflicto armado, la violencia, dejó en Medellín, Colombia.

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Hace tiempo entrevisté al poeta antioquiano Darío Jaramillo por la colección de crónicas que hizo para Alfaguara. Darío, un escritor amabilísimo y con profundos e inteligentes ojos, me comentó que la crónica en español vivía un momento de auge en gran parte por la realidad tan violenta en la que hemos vivido los latinoamericanos.

– Hay mucho que contar en este continente – le dije al poeta.
– Particularmente en tu país y en mi país.

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Son muchas las cosas que hermanan a México y a Colombia. Desde el idioma, la amabilidad de sus habitantes, su amor por la vida y la fiesta, el tráfico, los problemas kafkianos y, desde luego, la violencia. Pero Colombia ha entrado recientemente en una etapa de reconciliación con su pasado, y la Casa Museo de la Memoria que tuve el privilegio de visitar en Medellín es prueba de ello.

En México tenemos nuestro propio Museo de Memoria y Tolerancia. Elegantísimas salas con alta tecnología nos hablan de los horrores del Holocausto, de Ruanda, de Armenia, de Guatemala. ¿Será que algún día nos hablen de Ayotzinapa? ¿De Tlatlaya? ¿De Apatzingán?

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Una nueva investigación de Proceso y Aristegui Noticias arroja una versión escalofriante: el 6 de enero, en Apatzingán, fuerzas federales ejecutaron a al menos 16 personas que estaban armadas sólo con palos y piedras. El Secretario de Gobernación ya dijo que la nueva investigación que se llevará a cabo es muestra de lo mucho que está trabajando el Gobierno Federal para esclarecer los hechos. No hay renuncias, ni culpables, ni muestras de arrepentimiento. Nadie se atreve a decir “Perdón, la cagamos”, o que quizá la estrategia está errada, o que lo que hizo Alfredo Castillo en Michoacán fue un desastre. No. Nada.

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Cuando se estaban buscando los cadáveres de los normalistas en Iguala brotaron de la tierra decenas de cuerpos, desconocidos, olvidados, enterrados. No eran los normalistas y todos suspiramos con un alivio malsano. ¿Entonces quiénes eran? Recordé otra cosa que me dijo Darío: “Colombia es un país hermoso, con sus valles verdes en la superficie. Pero si tú levantas esa alfombra hay miles de huesos debajo”.

Puta madre.

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En el Pasillo de la Resistencia hay frases que hablan de justicia, de impunidad, de encontrar a los desaparecidos. Aquí una de ellas. La coincidencia pone los vellos de punta.

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Uno de los mediadores del museo nos cuenta sobre la exposición temporal Des Apariciones, que el museo alberga en una de sus salas. Son fotos y recuerdos de desaparecidos, gente a la que sus familiares no han podido enterrar. Nos hace una pregunta: ¿Cómo un país como Colombia, que no tuvo dictadura militar, tiene cerca de 90 mil desaparecidos? Sí, ¿cómo?

¿Cómo?

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El Gobierno Federal ya no habla de Guerra contra el Narcotráfico. México parece haber superado ese momento. Ahora es tiempo de reformas, de crecer económicamente, de viajar a Inglaterra y saludar a la reina. Eso sí, tenemos algunos hechos aislados de violencia, como la balacera que convirtió a Reynosa en una zona de guerra durante varias horas. Nosotros tampoco tuvimos dictadura militar. ¿Cómo llegamos a esto?

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Un periódico mexicano pone a ocho columnas que los padres de los normalistas se fueron de gira por Europa con el dinero que recaudaron del boteo. Los editores y el director se deben de sentir muy ufanos: miren cómo exponemos a estos incongruentes, a estos aprovechados que ya se olvidaron de sus hijos y se van a las ciudades más turísticas del Viejo Continente. Miren cómo ejercemos nuestro papel de contra-peso del poder desmedido que ostentan los padres de 43 muchachos de una escuela rural pobre. Y esa ha sido la línea desde hace meses: quitarles la dignidad, cambiar la conversación, condenar al olvido.

En Argentina hay Abuelas de la Plaza de Mayo. En Chile también hay un museo para no olvidar la dictadura de Pinochet. En Medellín está la Casa Museo de la Memoria.

La memoria es un asunto indispensable para todos, pero se vuelve dramáticamente importante en las sociedades latinoamericanas, donde la violencia ha tenido un rol horrendo en la construcción de su identidad. Olvidar significa que gane la barbarie y que las fosas comunes queden sin destapar.

Y sin embargo, un periódico en México no baja a los padres de los normalistas de huevones y aprovechados.

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El mediador nos cuenta algo más. Que él se refugió en Medellín porque era sindicalista y en su comuna los estuvieron cazando para matarlos. También nos dice que han aprovechado los diálogos de paz del presidente Juan Manuel Santos con las FARC para salir a la luz y recuperar la memoria. “Era alzar la cabeza ahora o quedarnos callados para siempre”.

Con esta columna no quiero decir que México sea igual que la Medellín en la que mandaba Pablo Escobar, ni mucho menos. Pero sí quiero concluir que en nuestro país estamos optando por callarnos. En México hay una narrativa de normalización de la violencia que debería ofendernos, indignarnos, hacernos salir y recuperar nuestras calles y empezar a contar muertos y sus historias una vez más. Pero parece que el olvido nos está ganando la batalla. ¿Cuántos Tlatlayas, cuántos Ayotzinapas, cuántos Apatzinganes, cuántos Medellines nos hacen falta?

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Fotos: José Pablo Salas | Sopitas

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