Papa para todos

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@ricardolopezc

Ayer terminó la primera visita del papa Francisco en México.  Seis días de columnistas y comentaristas de televisión criticando al gobierno por olvidarse del estado laico y a los medios por sólo enfocarse en un tema. Sobrevivimos a los igualmente antipáticos religiosos y fanáticos de los lugares comunes. Un día más y quizá hubiéramos merecido una felicitación.

Lo cierto es que, más allá de la perpetua cobertura, hubo grandes momentos de comedia involuntaria. El presidente Peña presentó a su gabinete tres veces en menos de una hora, Andrés Manuel fue medio escondido a regalarle una medallita al papa, Mancera tuvo aproximadamente dos minutos y medio para entregarle las llaves de la ciudad, los gobernadores Velasco y Pavlovich se estrenaron como besucones de anillos (no empieces Gilga) y el secretario Navarrete consiguió una foto para su esposa.

La crítica a la momentánea religión oficial me parece bien. “Laicidad no es simple garantía a la libertad de creer, es compromiso activo del poder público con la neutralidad espiritual del Estado. Todo favor público a una religión o una iglesia es violación a ese principio”, escribió Jesús Silva-Herzog. Evidentemente los políticos mencionados en el párrafo pasado violaron el principio de laicidad estatal pero no creo que valga la pena entrar en un debate ideológico–espiritual para regañarlos.

Prefiero a los funcionarios que están más comprometidos con tapar baches y limpiar las calles que los que se desviven por tal o cual idea abstracta. Me gustan los radicales ideológicos para avanzar el discurso y la imaginación política pero quiero a un pragmático encargado del drenaje de la ciudad.

Mi amigo José Pablo Salas me pidió que nunca diera por hecho las pequeñas cosas de la vida. Estoy seguro que se refería al libre acceso a la pornografía (vive en el Reino Unido, mejor no pregunten) pero su frase sirve para describir los mejores momentos de la visita del papa Francisco a México. Por eso pienso que el día más importante de la visita papal fue el martes cuando el Sumo Pontífice estuvo en  Michoacán.

Cuando aterrizó en Morelia fue recibido por el gobernador perredista Silvano Aureoles y su gran comitiva. Silvano caminó con el papa por la pista del aeropuerto y, cuando el Santo Padre se paró a saludar, aprovechó que alguien le pasó un sombrero de charro. Lo tomó en sus manos y lo puso sobre la cabeza distraída de Francisco. Segundos después uno de los guardias vaticanos lo quitó y se lo regresó al gobernador. Silvano, al darse cuenta que el solideo del papa estaba fuera de lugar, se tomó la molestia de acomodarlo y de pasada sobarle un poquito la cabeza.

Aunque Silvano contra los sombreros fue un gran momento no fue mi favorito. A mí me parece que el mejor gesto de la gira papal fue horas después cuando Francisco se salió literalmente del protocolo. En ninguna junta previa se pensó que podría ser buena idea regañar a un grupo de feligreses por querer tomarse una selfie con él. Terminando la misa que ofreció en un estadio el papa fue a saludar a los morelianos. A unos creyentes la fe los llevó a querer estar tan cerca del Santo Padre que lo jalaron y casi lo tiran al suelo. Afortunadamente Francisco se olvidó de poner la otra mejilla y, visiblemente enojado, regañó a ese grupo de asistentes. “No seas egoísta”, repitió Francisco.

Vi esa escena pensando en el jesuita Jorge Bergoglio. Es un hombre de letras que, al menos a distancia, parece medianamente sensato. En Morelia demostró ser más humano que divino con una de esas pequeñas cosas de la vida. Se enojó porque lo interrumpieron y jalaron. ¿No le asustará ver a gente tan fanática peleándose por verlo? El episodio es más interesante que los deslices de nuestros políticos porque habla de la verdadera personalidad del hombre. Estuvo dispuesto a romper la cuarta pared de una película perfecta para hablar directamente con el espectador. Como un Alvy Singer argentino.

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