París: la noche de las sirenas

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@Joso9

Estuve en París la noche de los atentados, pero para el momento en que la primera bomba estalló cerca del Stade de France yo ya estaba de vuelta en el pequeño estudio que renté para esos días. Los disparos, los gritos de auxilio, las bombas y el pánico sonaron tan distantes desde la Rue des Moulins como desde la Ciudad de México. Lo único raro que escuché durante esas horas en la Ciudad Luz fueron sirenas, muchas sirenas corriendo a toda velocidad durante toda la noche.

La tarde había sido una postal, casi un cliché de lo que es pasear por la capital francesa. Los icónicos monumentos se revelaban uno tras otro con la anaranjada luz del atardecer: el Jardín de las Tullerías, la pirámide del Louvre, la Torre Eiffel, la catedral de Notre Dame. En cada puente que atraviesa el Sena colgaban miles de candados y en cada esquina, una terraza albergaba a parejas y amigos que empezaban su fin de semana entre vino y risas. Después llegó el horror.

Es imposible hacer una crónica de algo que no viví, por mucho que estuviera en la ciudad en el momento de los ataques. Sólo puedo hacer mías las palabras de Ian McEwan: “Los que estuvimos esa noche en la ciudad sólo podemos preguntarnos acerca de los caprichos del destino que nos permiten vivir mientras otros mueren.” Esa noche cené con una amiga mexicana en la terraza de un restaurante del barrio latino. Unos minutos más, una calle extra que hubiéramos tomado, la decisión incorrecta del restaurante y la historia pudo haber sido diferente, pero no lo fue.

El primer mensaje llegó a eso de las 9:45 de la noche. Era de Karla, preguntándome si estaba bien, que qué onda con los ataques, que había habido una explosión y dos tiroteos o algo así. Llamé a mi familia y todavía no estaban enterados de la magnitud de los atentados. Desde ese momento no dejamos de seguir las noticias por Internet. A cada nueva actualización las cifras de muertos aumentaban: 20, 30, 40… después llegó la noticia de los rehenes en el Bataclán. A la mañana siguiente las víctimas eran más de 100, los heridos más de 300 y el presidente Hollande había ordenado cerrar las fronteras.

Decidimos salir de París. El radiante sol matutino no reflejaba el horror que había vivido la ciudad. Muchos establecimientos estaban cerrados y por la calle caminaban principalmente turistas desorientados que no sabían muy bien qué hacer. En el camino para tomar el Roissybus que nos llevaría al aeropuerto las sirenas sonaron nuevamente. Policías y patrullas rodearon la Ópera Garnier y cortaron la circulación. Todos miraban con una mezcla de curiosidad y miedo. Después sabríamos que fue una medida de prevención porque un auto sospechoso estaba cerca del icónico edificio.

Volé a Londres sin ningún problema. Apenas bajando del avión nos esperaban agentes franceses e ingleses que pedían nuestra colaboración si habíamos visto o escuchado algo. La tristeza y la conmoción en sus caras era evidente.

Pasé el sábado entre el aeropuerto, el avión y el autobús que finalmente me llevó de regreso a Exeter. La mayor parte del viaje no tuve batería o internet en mi celular. Para cuando llegué a mi cuarto, el debate en Facebook había tomado dimensiones grotescas: gente mostrando su solidaridad por París, gente diciendo que era hipócrita mostrar solidaridad por París y no por Líbano, gente diciendo que París y Líbano estaban muy lejos pero Ayotzinapa estaba más cerca y no recibía la atención necesaria. Algunos decían que esto se lo había buscado Occidente, otros que el Islam era una religión asesina, otros que fue culpa de los refugiados, otros que fue culpa de la guerra en Iraq.

Algunos de mis contactos subieron fotos suyas durante algún tour que hicieron por las calles de París y otros colocaron la bandera francesa en su perfil, lo que resultó en un Facebook inundado de fotos felices con un filtro tricolor. En esas fotografías no se nota ninguna solidaridad, sólo el deseo de participar de uno de los eventos más mediáticos de los últimos años, por mucho que París quede a 12 horas de vuelo.

Sin embargo, entiendo por qué, lejos o cerca, los atentados en Francia provocaron tanto revuelo; por qué para muchos fue un atentado contra toda una cultura y no sólo contra una ciudad. Para nosotros París es un símbolo más que un lugar. La hemos visto en cientos de películas, hemos leído a decenas de autores franceses y en la escuela buena parte de los filósofos y escritores que nos enseñan son galos. Conocemos sus estereotipos, sabemos que toman vino y cenan en terrazas. Y cualquier viaje a Europa está incompleto sin una foto en la Torre Eiffel. Buena parte de una de nuestras grandes novelas latinoamericanas, Rayuela, ocurre en París, porque es el símbolo de la libertad, la alegría y la razón en la que cree Occidente, aunque nunca estemos seguros qué es Occidente, o si México forma parte de Occidente, o si Occidente es sólo Europa y los países en que los criminales son solamente extranjeros.

No quisiera abonar más a una discusión que se ha vuelto ridícula. Mi ignorancia en temas del Islam y los países árabes no podría ayudar en nada. Sólo puedo decir que entiendo por qué tanta gente ha mostrado su solidaridad y empatía con las víctimas, aunque a veces nuestra forma de expresarla no sea la más inteligente. París, Francia, los franceses son para nosotros un símbolo de la modernidad y el pensamiento; pero también de la cultura y la alegría. Después de los minutos de silencio necesarios, honrar al espíritu francés es lo único que podemos hacer para combatir el horror. Creo que cada quien puede mostrar su solidaridad como quiera, pero que el miedo, la ignorancia y la empatía faciloide no ayudan en esta guerra.

Foto: Especial

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