Peor que la contaminación

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-Por Ricardo López Cordero

(@ricardolopezc)

Las autoridades mexicanas nos han advertido toda la semana de los peligros de salir de nuestras casas. Piden que nos quedemos encerrados y no salgamos mas que para asuntos esenciales. No se nos vaya a ocurrir usar un coche o respirar fuera de la seguridad de un espacio cerrado. Estoy de acuerdo con el consejo de la Secretaría de Medio Ambiente y la Comisión Ambiental para la Megalópolis. Es un verdadero peligro para la salud pública que el respetable salga de su casa y trate de ir de un punto de la ciudad a otro.

Las dependencias – vale la pena aclararlo – se refieren a la terrible calidad del aire en el DF y sus alrededores. Yo – ingenuo – pensé que finalmente alguien había decidido enfrentarse a uno de los problemas más cotidianos de la ciudad. Algo aún más peligroso que el aire que respiramos: los guardaespaldas de los ricos y exitosos habitantes de la capital.

No es que crea que los escoltas sean un problema para el medio ambiente pero, acostumbrado al silencio cómplice de las autoridades capitalinas, pensé que algún funcionario desafiaría a los pistoleros que patrullan impunemente los espacios públicos del Distrito Federal.

Que un grupo de ciudadanos contrate a otro grupo de ciudadanos para protegerlo de otro grupo de ciudadanos es una prueba más de cómo ha fallado nuestra sociedad. Los guardaespaldas son un símbolo del vacío de poder. Una ciudadanía que no puede confiar en sus policías y procuradores de justicia comienza a privatizar la seguridad. Lo cierto es que por nuestras calles circulan tipos manejando miles de coches blindados, sin placas, con luces tipo patrulla, sirenas y altavoces, que pueden reaccionar de la peor manera ante cualquier provocación.

Hace unas semanas un grupo de escoltas golpeó a Arne aus den Ruthen por tratar de quitar unos automóviles mal estacionados que estorbaban la banqueta. El viernes pasado un guarura golpeó a un sujeto por el terrible crimen de cerrarle el paso a su jefe. El otro escolta que lo acompañaba aprovechó la conveniente distracción para robar dos teléfonos y cuatro mil pesos. Apenas el domingo un pistolero disparó tres veces a un hombre que le había reclamado por chocar con el espejo lateral de su coche.

Vivimos en una ciudad donde los asaltos, secuestros y homicidios son parte de la vida diaria. Algunas personas sí necesitan ser protegidas por corpulentos hombres armados. Además, me consta que hay guardaespaldas profesionales dedicados a cuidar a quienes verdaderamente necesitan ser cuidados pero los niveles de exceso a los que hemos llegado son alarmantes.

Quizá la solución, bien recomiendan las autoridades ambientales, es quedarnos encerrados en nuestras casas hasta que el gobierno capitalino decida regular el negocio de proteger a personajes de apellidos compuestos. Esperemos tranquila y pacientemente en nuestros hogares hasta que los funcionarios decidan actualizar la lista de armas y vehículos blindados. Escondámonos en nuestras habitaciones hasta que alguien decida hacer responsables a las empresas que proveen servicios de seguridad privada.

El peligro para los capitalinos no es morir por una sobredosis de esmog sino ser impunemente golpeado o baleado por algún inocente guarura que sólo hacía su trabajo.

 

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