Pink y una defensa de la libertad de expresión

pink
Share Button

@Joso9

“Part of our emergency is that it’s so awfully tempting to do this sort of thing now,
to retreat to narrow arrogance, preformed positions, rigid filters,
the ‘moral clarity’ of the immature.”

-David Foster Wallace

Hace más o menos una semana, una amiga compartió en su Facebook una petición de Change.org para que la Secretaría de Gobernación censurara la película Pink: el rosa no es como lo pintan. Pink es una cinta de Francisco del Toro, la cual está basada en sus profundas creencias cristianas y que pretende exponer “los peligros” de que personas del mismo sexo puedan adoptar.

Y -a pesar de que me considero de la escuela de personas que no hablan de una obra sin haberla visto- tras ver el trailer y la forma en la que del Toro caricaturiza a sus personajes gay, firmé la petición. Y he de decir aquí que estoy a favor de que se censure la película y se prohíba su exhibición en las salas de cine del país. Puesto así suena muy fuerte, políticamente correcto y dictatorial, pero haré mi mejor esfuerzo por explicar mi postura.

Primero que nada, no me parece necesario discutir por qué la cinta es un atentado contra los derechos de la comunidad LGBT en México. Más que una película, es un sermón con actores que pretende reforzar e impulsar ciertas ideas cristianas y retrógradas en nuestro país. Las personas que creen que todos los que no son heterosexuales se van a ir al infierno, no van a cambiar su postura después de leer esta columna, así que voy directo al debate sobre la libertad de expresión.

Nuestro columnista, Ricardo López Cordero, escribió que pretender censurar la película es “como querer quemar todo un bosque para limpiarlo de una pequeña plaga” y que “si prohibimos cada película, libro o panfleto que ofenda a alguien nos quedaremos sin nada. O, peor, con textos vacíos y cintas asépticas. No podemos combatir una idea retrógrada con otra”.

Entiendo la postura de Ricardo y la llevo más allá: cuando un pequeño grupo de gente puede decidir qué es lo correcto y qué no, qué se puede ver en las salas de cine y qué no, nos aproximamos peligrosamente a una imposición de contenidos por parte de una minoría, y de ahí a la censura de información necesaria e importante quizá haya solamente un paso. Sin embargo, me parece que este tipo de argumentos ven a la libertad de expresión desde una perspectiva reduccionista: cualquiera puede decir lo que se le pegue la gana. Y esto es falso, porque las mismas leyes que protegen la libertad de expresión, protegen también la dignidad y la vida de los ciudadanos.

Creo que ejercemos nuestra libertad de expresión cuando pedimos que una cinta que fomenta un discurso de odio sea removida de las salas de cine, porque entonces ese mismo discurso se refuerza en la sociedad y se reproduce. Lo que sucede, es que en México estamos acostumbrados a una especie de libertad de expresión pasiva, en la que medios de comunicación, periodistas, conductores y luminarias aparecen en la tele y nadie les pide cuentas de lo que dicen. Por ejemplo, Esteban Arce, quien ha vomitado discursos de odio e ignorancia a miles de personas desde un estudio de Televisa, amparado por el derecho a expresarse.

Para mí, la petición de Change.org fue también una expresión de la sociedad mexicana dispuesta a debatir los límites de lo que puede o no pasar en nuestros medios de comunicación o nuestras salas de cine. De la misma manera en la que se debatió si Aristegui acusó al presidente Calderón de alcohólico sin base periodística alguna, también podemos debatir si Pink debe pasar en 200 salas de cine del país simplemente porque puede.

Y aquí es donde me parece importante recordar que, al menos yo, considero que la película no es un intento artístico o narrativo, sino meramente un vehículo para propagar ideas en contra de la adopción por parte de parejas homosexuales y de paso reforzar sus estereotipos negativos. No por nada el bullet en los anuncios de la película reza: “Adopción gay… ¿acierto o error?”.

Permitir que se exhiba Pink… es darle un espacio en nuestro discurso. En el momento en que se proyecta en una sala de cine, pasa a formar parte de la discusión, y de los argumentos, y de nuestra narrativa; así que estamos tácitamente admitiendo que la cinta tiene algo que aportar o decir. Y esto, desde luego, es falso, porque aunque la libertad religiosa está protegida en nuestro país, no podemos llevar a cabo un debate basado en la fe, como tanto insiste el director de la cinta.

El contra-argumento sería que, en ese caso, cada vez que una película con un personaje no-heterosexual aparece en el cine, todos los cristianos homofóbicos de México podrían llamar y decirse ofendidos y pedir que prohiban la película. Pero no, no son situaciones equivalentes, porque películas como La vida de Adele o La chica danesa son acerca de personas explorando su sexualidad individual, son historias que no descalifican a quienes no son homosexuales, ni tampoco pretenden negar los derechos de los religosos del país. Por eso, aunque jamás pagaría un boleto para ver Dios no está muerto, tampoco firmaría una petición para prohibir la película simplemente porque yo soy ateo y va en contra de mi postura existencial.

Es curioso que quienes defienden la libertad de expresión a toda costa, suelen ser personas que viven y hablan desde una posición de poder, como lo admite Ricardo: “Entiendo que escribo desde una posición privilegiada. Soy hombre, heterosexual y miembro de la clase media-alta. Difícilmente me encontraré en alguna sala de cine con una película que me ofenda”. Periodistas, escritores y cómicos que tienen asegurado un espacio para que su voz se escuche sin ser ridiculizada suelen tachar a los demás de “censores” o “políticamente correctos”, cuando en realidad el debate sobre los límites de la libertad de expresión y el poder de quienes la ejercen debe ser constante y abierto.

He tratado de exponer aquí algunos argumentos por los que censurar la película no me parece un atentado contra la libertad de expresión. Como siempre, me quedan muchas dudas y pocas certezas. Una de mis dudas es si yo estoy en una posición de indignarme, o si ésta pertenece exclusivamente a los miembros de la comunidad LGBT que retrata la película. Una de mis certezas es que dejar  de defender la libertad de expresión a la brava, también es un ejercicio democrático.

Comentarios

comentarios

Relacionado

*

Top