Pistolas para los idiotas

MCH_ORLANDO
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@medicencocu

Adquirir un arma en Estados Unidos es muy sencillo. Es aún más fácil que comprar alcohol. Así como acá es posible ir a un Walmart y comprar unos chicles, un gringo en, digamos, Texas, puede ir a un Walmart a comprar un rifle, o balas. Sin broncas.

Pueden porque así lo dice la Segunda Enmienda. Una enmienda de 1791 que establece el derecho a portar armas. Claro que para el siglo dieciocho, cuando las fuerzas del orden de Estados Unidos -y no sólo de este país- eran apenas milicias, suena entendible. Pero, ¿para qué carajo quiere un redneck de Alabama un rifle en 2016?

Podría pasar, pensarían ustedes, que ese redneck usara el rifle para matar a su vecino, el que se acuesta con su esposa. O, quizás, algún enfermo mental podría usar su pistola semiautomática para armar un tiroteo en la calle, suicidándose al final. Existe la posibilidad de que algún estudiante universitario con afición por las armas y poca estabilidad emocional dispare en el campus y asesine a sus compañeros. Sucedería, probablemente, que un supremacista blanco entrara a una iglesia de la comunidad negra en plena homilía y abriera fuego asesinando a unos cuantos feligreses.

O, existiría la remota posibilidad de que un jihadista entrara a un club gay en Florida armado con un rifle semiautomático, matando a 39 personas.

Esperen.

Pasaban de las 2 de la mañana. El Pulse, un club nocturno de Orlando, celebraba su noche latina. Un sujeto armado con un rifle semiautomático y una pistola de mano abrió fuego contra un guardia de seguridad que custodiaba la entrada al club. Irrumpió en el lugar y comenzó a disparar contra la clientela. Unos minutos más tarde, según los reportes, el tipo llamó al 911, jurando lealtad a ISIS.

La carnicería continuó pese a la presencia de diversas agrupaciones, incluyendo un negociador de rehenes. Alrededor de las 5 de la mañana, un vehículo blindado del SWAT logró entrar a través de una pared al club. El asesino fue abatido y 30 rehenes fueron liberados. Sin embargo, 38 personas habían sido asesinadas.

El perpetrador, ahora terrorista islámico, era Omar Mateen. Mateen era ciudadano estadounidense, nacido en Nueva York. Sus padres eran afganos. Entre 2013 y 2014 fue investigado e interrogado por el FBI por supuestos vínculos con organizaciones terroristas, pero, al final, no se le consideró como un sujeto peligroso.

Si el asesino hubiera sido un tipo blanco, quizás ahora los medios y la gente dirían que el tipo estaba enfermo. Pero con el antecedente de Mateen, es sencillo y, pareciera, hasta imperativo, calificar esta atrocidad como acto terrorista.

¿Fue un acto terrorista? ¿O fue un acto de homofobia? ¿O ambas?

Este hecho debe traer nuevamente a debate el tema de la regulación de la portación de armas. ¿Cuántos Columbines, Charlestones o Pulses más necesita Estados Unidos para darse cuenta de lo nocivo que es permitir que cualquier tipo pueda comprar, portar y usar un arma?

Los patrioteros estadounidenses claman que esta es una prueba más de que se debe prohibir la entrada al país de los musulmanes. ¿Por qué no mejor prohibir las armas? ¿O qué? ¿Entonces también hay que prohibir los clubes gay?

Hace tres siglos podía sonar sensato que la ley permitiera a un hombre tener un arma para defenderse a sí mismo o su familia o negocio. Hoy, más que eso, parece que las armas son para matar a diestra y siniestra. Al menos a mí, no sé a ustedes, me queda claro que las pistolas son para los idiotas.

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