Políticos radicales

Pedro.ferriz
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@ricardolopezc

Ta Nehisi Coates escribió en The Atlantic sobre los políticos radicales. “A veces el curso moral está dentro de lo políticamente posible y a veces el curso moral está fuera de lo políticamente posible. Una de las grandes funciones de los candidatos radicales es la guerra contra los ambiguos y oportunistas que combinan estas dos cosas. Los radicales expanden la imaginación política y, con suerte, previenen que el incrementalismo se convierta en una virtud.”

Probablemente deberíamos pasar días discutiendo lo que curso moral significa para México pero no pretendo resolver en 600 palabras un debate que nos toca decidir periódicamente en las urnas. Lo cierto es que no podemos seguir aceptando políticos ambiguos y oportunistas que esconden su pragmatismo electoral en abstractos valores e ideales.

En México sobran ejemplos de ambiguos y oportunistas. Políticos fundadores de partidos huyen a otros cuando les niegan candidaturas. Militantes de décadas entierran la camiseta de su equipo original para probar suerte como independientes. Empresarios que no descartan buscar ser candidatos de todos los partidos. Un grupo de comunistas que mantiene el registro aliándose con neoliberales. Candidatos únicos en elecciones municipales. Coaliciones hechas de miembros fundamentalmente opuestos  y, sobre todo, el partido que lo mismo es centristaautoritario, socialista o neoliberal.

Apunto que no pediría a ningún político – ni a nadie – que defendiera siempre las mismas posturas o se rigiera siempre bajo los mismos principios. Me he cansado de citar a Manuel Vicent, “encontrarse con gente de principios sólidos e inalterables es el peligro más grave que puede correr uno en esta vida”. Lo que me molesta es decidirse por una postura u otra motivado por oportunismo electoral. Una cosa es cambiar de opinión cuando hay más o mejor información y otra totalmente cambiar flagrantemente de bando por conseguir un puesto más alto o un cheque más gordo.

Faltan dos años para la siguiente elección presidencial y, naturalmente, es uno de los temas más importantes de la agenda noticiosa. En cada cabina de radio, set de televisión y redacción de periódico se habla del no tan próximo 2018. Los románticos escriben que la motivación por hablar del siguiente presidente es el disgusto que ha generado el que tenemos ahora. Los realistas, en cambio, entienden que cuando falta imaginación sobran notas de grilla.

Ferriz de Con aprovechó la poca creatividad y anunció su intención de convertirse en presidente escondido en una plataforma para buscar un candidato en común. Describiéndola como no mesiánica y conciliadora dijo que lo que importaba era conseguir una candidatura de unidad que canalizara la indignación de los ciudadanos contra los partidos. Buen discurso político que parece esconder un deseo que a distancia suena imposible: ojalá todos los demás declinen por mí.

A la esquina de los independientes también se han acercado Miguel Ángel Mancera, Jorge Castañeda, Juan Ramón de la Fuente, El Bronco, Gerardo Fernández Noroña y Margarita Zavala. Ojalá tantos candidatos no signifiquen conformarnos por el que suponemos menos peor. En un mar de Ferrizes y Noroñas hasta Mancera parece apto para ser presidente.

Para lo que sí sirven los Ferrizes y los Noroñas (no tanto las Zavalas ni los Broncos) es para proponer ideas que van en contra de lo políticamente aceptado. Saber que no vas a ganar – estoy seguro que ellos dos lo saben – significa que puedes proponer ideas radicales y extremas. En todo el espectro político tenemos candidatos que dicen lo mismo: acabar con la corrupción, combatir la pobreza, terminar con la violencia. El año pasado se puso de moda “reconstruir el tejido social”. Los políticos que se piensan más cerca del cargo calculan y planean.

Algunos políticos radicales podrían servir para empujar la discusión electoral hacia lo que es innegociable para el país. Ya tenemos a dos radicales con un curso moral cuestionable. Lo que sigue es que levanten la mano radicales con ideas que valgan la pena, que expandan la imaginación política y obliguen a los políticos tradicionales a voltear a ver sus propuestas.

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