¿Por qué no ahora?

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@Joso9

“There is more than one kind of freedom…
Freedom to and freedom from. In the days of anarchy, it was freedom to.
Now you are being given freedom from. Don’t underrate it.”
– Margaret Atwood

En su magnífica novela The Handmaid’s Tale, la escritora canadiense Margaret Atwood imagina que el gobierno de Estados Unidos es tomado por fanáticos cristianos que imponen un gobierno basado en su religión: en la República de Gilead, las mujeres no pueden ejercer su sexualidad y son vistas sólo como vientres andantes; tienen que vestirse con largas túnicas, son vigiladas todo el tiempo, no se les permite leer y el sexo por placer está prohibido hasta para los hombres. La República de Gilead es casta y pura, y funciona gracias a una serie de estructuras patriarcales que son reforzadas por hombres y mujeres por igual. Como dice Offred, la protagonista de la novela:

I used to think of my body as an instrument, of pleasure, or a means of transportation, or an implement for the accomplishment of my will . . . Now the flesh arranges itself differently. I’m a cloud, congealed around a central object, the shape of a pear, which is hard and more real than I am and glows red within its translucent wrapping.

Atwood hace una valiente denuncia aquí: no sólo pasa en países musulmanes. Los ideales católicos y cristianos, llevados a su interpretación más extrema, pueden conducir a un sociedad como la de Gilead. Y de ahí se desprende lo más horroroso de la novela: este mundo de miedo y agresión, de sexualidad limitada, de moral arcaica, de desigualdad, de violencia, este mundo en el que las mujeres no son dueñas de su cuerpo ya está con nosotros, ahora. Quizá no en su forma más evolucionada, pero las semillas de Gilead están plantadas ya en nuestra sociedad, misógina y opresora.

Últimamente, algunos medios de comunicación en México empiezan a reportar la violencia que nuestro país ejerce contra las mujeres de forma sistemática, y ya para que la prensa mexicana se interese en el acoso a mujeres es porque algo muy grave está sucediendo. Ya no solamente son los feminicidios en la “violenta y lejana” Ciudad Juárez. Ahora son los casos de una chica violada en Veracruz por un junior, otra que fue violada por cuatro, de una estudiante que no puede ir a su universidad sin que alguien grabe por debajo de su falda en el transporte público, de una reportera que sufre una agresión sexual en la colonia Hipódromo-Condesa, corazón de la ciudad progresista y hipster que dice ser la CDMX.

Como siempre, cuando uno escribe desde una posición de privilegio, rara vez se da cuenta que está en ella. Durante años no me pasó por la cabeza las diferentes formas en que hombres y mujeres vivimos en México, ni las formas de violencia que nosotros no tenemos que soportar a diario. Será que en mi vida me he topado con mujeres ejemplares que se han negado a ser víctimas de las circunstancias: vengo de una familia (igual que muchos mexicanos) en la que la que tías, abuelas y madres tuvieron que trabajar y criar a sus hijos cuando los hombres faltaron, se fueron o fallecieron.

Pero que cada uno tenga historias de mujeres ejemplares no significa que nuestra sociedad tenga que ser desigual de entrada. En gran parte empecé a tomar conciencia de estas diferencias gracias a Karla, mi compañera, quien empezó a introducirme al feminismo con harta paciencia.  Como dice el periodista Daniel Moreno: “Me cuesta trabajo imaginar que, si algo me pasara, un policía o un agente del ministerio público me diría que me lo busqué por la forma en cómo iba vestido. Nunca he tenido una jefa que me diga ‘chaparrito’, ni ‘príncipe’, ni ‘guapo’.”

De ahí el epígrafe de esta columna: parece que las mujeres siempre tienen que elegir “libertad para” o “libertad de”. “Libertad para” quiere decir que las mujeres pueden hacer lo que quieran: conseguir un empleo, criar a sus hijos, ser directoras de una empresa. Sin embargo,  no son “libres de”: libres del acoso, libres del miedo de ser violadas y juzgadas sólo porque decidieron salir una noche y usar falda, libres de que alguien les chifle en la calle, aunque vistan jeans y sudadera. En teoría, una burka o las túnicas que visten las mujeres de Gilead dan “libertad de”, pero esas sociedades no permiten la “libertad para”. En cambio, los hombres nunca tenemos que elegir entre estas dos libertades; lo peor que nos puede pasar cuando vamos a un antro es que el cadenero nos saque por ser unos borrachos impertinentes.

En su novela, Atwood también critica la narrativa de que las mujeres son siempre víctimas y los hombres maquinas de sexo que no pueden refrenar sus impulsos al ver a una mujer caminando sola en la calle. No porque la violencia no exista, sino porque tenemos que empezar a romper esos roles de género y a trabajar por una convivencia más equitativa; sostener un diálogo sobre equidad que en México lleva muchos años de atraso y que tratamos de parchar con vagones exclusivos para mujeres, taxis rosas, camiones Atenea. Todas medidas necesarias por urgentes, pero que no atacan el fondo del problema, pues, en teoría, todos deberíamos sentirnos seguros al abordar el metro, o una micro o un taxi.

Y es que en nuestro país llevamos la misoginia tatuada en nuestra cultura de machos mexicanos, de hijos “muy hombrecitos” e hijas que se convertirán en sufridas madres cabecitas blancas. En nuestra cultura que se jacta de su hombría y heterosexualidad y en la que la peor ofensa contra el portero rival es decirle “puto”.

Escribo esta columna con la esperanza de que el tema no muera en un par de días, como también espero que muchos y muchas se sumen a la marcha contra la violencia machista que partirá del monumento a la Madre este 24 de abril. El acoso contra las mujeres no es un tema nuevo, pero si cualquier momento es bueno para empezar a revertirlo, ¿por qué no ahora?

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