Posible arqueología del ser chairo

Ernesto_Che_Guevara
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@Joso9

Estaba un día el Yeipi  revisando su Tuiter cuando… de repente leyó en la biografía de un usuario lo siguiente: “I Love México, F1, @Rayados, @LewisHamilton y @MercedesAMGF1 Pateándole el culo a chairos, a AMLO a Noroña, Epigmenio, Aristeguiliebers y demás mierda.”

En ese momento, un sentimiento aciago me recorrió todo el cuerpo y, tras varias noches sin dormir, pude identificar el origen de mi angustia. Simplemente no podía dejar de preguntarme: ¿Acaso seré yo un chairo? ¿Acaso este respetable tuitero regiomontano fan de la formula uno está dispuesto a patearme el culo por mis creencias políticas?

No soy el primer hombre que se inquieta pensando estas cosas. Es famoso el episodio en la última cena cuando, uno por uno, los apóstoles le preguntaron a Jesús: ¿Acaso seré yo (chairo), señor? A lo que el maestro contestó: Bien os digo que sólo aquel que escuche a Carmen Aristegui es un chairo.

Al margen de parábolas bíblicas, la verdad es que el adjetivo ha estado volando en Twitter últimamente: al parecer, como decía el maestro, si escuchabas a Aristegui por las mañanas eres automáticamente un chairo (además de Aristeguilieber), así que comencé a resignarme con respecto a mi nuevo status de paria en la sociedad mexicana del siglo XXI.

Leyendo los “Apuntes para un manifiesto chairo” que escribió mi amigo Alejandro Saldivar, junto con otros textos menos creativos y peor escritos, saqué algunas características generales sobre Nosotros los Chairos: para empezar, chairo viene de chaira (o chaqueta) es decir, que los chairos tenemos la mala costumbre de masturbarnos mentalmente; somos seguidores de López Obrador y apoyamos otras causas sociales, solemos protestar por cualquier cosa en lugar de ponernos a trabajar, fumamos marihuana, comemos hongos, viajamos a Oaxaca, somos ninis, nos indignamos en las redes sociales, asistimos a conciertos de Café Tacvba, pusimos la palabra “Compa” antes de nuestro nombre de usuario en Twitter, estamos en contra del sistema, somos neo-marxistas dogmáticos, no tenemos capacidad de auto-crítica y usamos playeras del Che.

Me encontraba en plena investigación cuando recordé que en las elecciones de 2012 voté por Andrés Manuel López Obrador, simplemente porque me parecía el candidato más honesto y con ideas menos retrógradas. Ahora no sólo era un chairo, sino que además era un AMLover, un peje-zombie, un ¿peje-chairo?, ¿aristegui-chai-lover? 

¡Puta madre! -pensé en ese momento- ¿Acaso esto podría ser peor? Y la respuesta no tardó en llegar: haciendo memoria me topé con que en algunas ocasiones he ido a marchar y a protestar por ciertas causas, estorbando con mi dogmático andar el paso de todas las buenas almas que sólo querían llegar a su trabajo. La primera de estas marchas fue la que organizó hace varios años Isabel Miranda de Wallace (sin embargo, esto no fue un evento chairo, sino una manifestación libre de ideologías, bien vista, aplaudida y necesaria). Pero también recorrí las calles de la Ciudad de México en una protesta de Javier Sicilia y por los 43 estudiantes de Ayotzinapa (o sea, qué podría ser más chairo que eso GOEY).

Para coronar mi enorme pastel chairo de bienvenida, ahora recuerdo que estuve por ahí el día en que una bola de infiltrados, groseros, maleducados, quéoso, corrió a Enrique Peña Nieto de mi universidad (la Ibero), y aparecí en el primer video del #YoSoy132 (como en el lugar 129, por eso nadie me entrevistó). Así que, además de chairo, soy un pirruris, un fresa incongruente que sólo hace activismo desde la comodidad de su laptop. Me descubro como un doble exiliado: del pueblo bueno y de las élites condenadas a cien años de Club Reforma.

Ya como extra les cuento que creo en la libertad de la mujer a decidir sobre su cuerpo, en la transparencia pública, en el matrimonio entre personas del mismo sexo, en una mejor repartición de la riqueza, en la libertad de expresión y de manifestación, y que por un tiempo le puse “Compa” a mi biografía en el Twitter, como una burla inútil a las fuerzas del orden que actuaron con brutalidad sobre los manifestantes después de una marcha por los 43 normalistas de Ayotzinapa. ¡Ah! También fui a ver a Silvio Rodríguez cuando dio un concierto en el Zócalo (al principio llegué a creer que asistí porque me gusta mucho la música de Silvio Rodríguez, pero no, en realidad fui por chairo).

Así que, en resumidas cuentas, además de chairo, anarquista, AMLover, desempleado, nini y huevón, soy un pirruris resentido, falso-socialista, un pequeño-burgues que se da el lujo de quejarse en sus redes sociales y en su triste columna digital de la situación del país en lugar de ponerse a buscar trabajo.

Sin embargo, ahora que lo pienso, aunque escuchaba a Aristegui no creo que ella sea perfecta, ni que su palabra sea ley. Tampoco creo que López Obrador sea la respuesta a todos nuestros problemas (aunque lo obsesionados que están con él algunos de sus detractores me espanta un poco). No tengo playeras del Che Guevara y solía ir a las marchas por Ayotzinapa entre la escuela y el trabajo. Contrario a lo que opina Julio Patán, aunque poner la palabra Compa demostraba una especie de compromiso faciloide, también soy capaz de criticar el actuar de ciertas fuerzas sociales y políticas “progresistas” llegado el caso. No creo en el PAN ni en el PRI, pero el PRD y demás partidos de izquierda tampoco me parecen mejores. Simplemente opino que es mejor fijarse en candidatos, en proyectos y en ideas que en partidos.

Como cualquier persona, los chairos tenemos ideas y las defendemos, de la misma forma que usted, señor-a-favor-del-derecho-a-la-vida-desde-la-concepción, defiende las suyas. Y, por lo menos yo, trato de no ser tan dogmático en lo que creo, y procuro apoyar mis ideas con argumentos mundanos y humanos.

Sí, quizá a veces los chairos nos fumamos un porro de marihuana, esa droga de pobres como dice Alejandro Almazán, o nos comemos unos hongos en San Agustín Etla, lo cual no me parece mucho mayor pecado que echarse unas líneas de coca en el escusado de un antro en Santa Fe.

Creo que para construir un mejor país se necesita discutir a fondo el que tenemos. Ser crítico con nuestros gobernantes y políticos (sin importar su partido), reclamar cuando se comete una injusticia e indignarse si 43 estudiantes desaparecen en medio de escabrosas circunstancias (vale indignarse si usted cree que los quemaron vivos y arrojaron sus cenizas a un río, es igualmente escalofriante). Entiendo que hay una percepción de que la gente que se dice de izquierda es dogmática, socialista y violenta, pero créame: la mayoría de nosotros no queremos robarle su coche, ni meter a cinco familias pobres a vivir en su casa.

Entonces quizá no existe el chairo, o no haya un solo modelo de chairo, o quizá todos somos chairos en alguna medida (#TodosSomosChairos), quizá el adjetivo es un intento de englobar a todo lo que da la impresión de progresista y descalificarlo en el acto, de manera dogmática, diciendo que los chairos son unos incongruentes y unos intolerantes y que además olemos feo y amamos a López Obrador, y ay no qué asco por qué van a marchar y estorban a las personas que sí trabajamos.

Esta columna es sólo una petición, amable lector: acérquese a su chairo de preferencia, adopte uno, conózcalo a fondo, no descalifique sus ideas usando un adjetivo tan poco creativo, discuta con él, demuéstrele en qué se equivoca, acepte sus propias incongruencias y errores. Eso sí, no sea usted un cínico, porque eso es muy feo. Es muy feo que a alguien se le niegue el derecho a indignarse por pertenecer a cierto segmento socio-económico, o estudiar en cierta escuela o votar por cierto partido. Porque dárselas de abiertos  y abrir la conversación con un insulto no es la actitud más democrática que conozco. De hecho cuando negamos las ideas del Otro desde un principio y los descalificamos sin siquiera escuchar, comienza un círculo vicioso en el que creemos tener la Verdad de las cosas, lo que nos hace caer en una actitud chaira aunque ideológicamente opuesta. “Derechairos”, creo que les dicen.

Dicho lo anterior, sólo me queda abogar por una cultura más democrática y crítica, en la que distintas voces y opiniones puedan existir y discutir, usando siempre argumentos racionales. Y quién sabe, quizá un día hasta logremos caminar por las calles de la ciudad sin que un tuitero regiomontano nos patee el culo.

Foto: Especial

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