Primer amor o Acuérdate de Ana Laura*

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@Joso9

Después de meses de tratar de conquistarla, Ana Laura, mi primer amor, me dijo que sí un viernes. Al día siguiente, sábado, no nos vimos. El domingo tampoco. El lunes me cortó.

La conocí en primero de secundaria, cuando yo era un pre-adolescente peligrosamente influido por la versión fílmica de Romeo y Julieta en la que aparece Leonardo di Caprio. No sé en qué momento se me ocurrió caer por esa niña un poco más alta que las demás, de cabello castaño y algunos barritos que ocasionalmente brotaban de su barbilla. Lo que sí sé, es que hubo un artefacto que permitió que nos acercáramos: el celular. Para alguien de 13 años con algunos problemas de confianza que yo hacía pasar por melancolía poética, y en momentos en que para conectarse al Messenger había que dejar incomunicada a toda la casa, el mensaje de texto fue la perfecta herramienta de ligue.

Quizá fue su sutil arrogancia, y su increíble capacidad de superarme en todo, lo que hizo que no pudiera dejar a Ana Laura en paz. Íbamos juntos a clases de guitarra y ella se sabía los primeros acordes de Ojalá, de Silvio Rodríguez, pero nunca quiso enseñármelos. Jamás aprendí a tocar Ojalá ni ninguna otra canción, y la guitarra sigue botada en un rincón de mi casa.

Cuando quise incursionar en el fútbol americano sin contacto, más por influencia de mis amigos que por vocación deportiva, ahí estaba Ana Laura, que resultó mejor receptora que yo.

Ese año también tuvimos que escribir un cuento para mandarlo a un concurso. Por supuesto, su relato acerca de cómo asesinaba a toda su familia dejando abierta la llave del gas, fue elegido como representante del salón. Me había vencido en mi propio terreno.

Hasta en la cuestión alimenticia era moralmente superior, pues ella había optado por ser ovo-lacto vegetariana. Casi sobra decir que intenté la misma dieta con resultados tristes y harto hambriento.

Siguieron las derrotas. La primera vez que le insinué que me gustaba vía mensaje de texto su respuesta fue: “Mira, digamos que me gusta tu forma de ser, pero no tu físico”. Y en lugar de tomarme aquello como una ofensa a mis cachetes redondos, a los lentes que uso desde los 10 años y a mi cabello relamido hacia atrás, lo interpreté como un triunfo del pensamiento y la poesía.

Después, hice todo lo que creí necesario para gustarle: la acompañé de la escuela a su casa casi a diario, le llevé flores el 14 de febrero, la invité a tomar café cuando ni me gustaba el café, ni sabía en dónde podíamos tomarlo, ni con qué dinero lo iba a pagar. Hasta le regalé un disco del trovador Fernando Delgadillo, aunque a ella lo que le gustaba era el punk-rock. El único lugar común que me ahorré fue el de escribirle poemas en los que rimara las palabras “pasión” y “corazón”.

Llegó el día de decirle lo que sentía. Caminamos las 10 cuadras que separaban la secundaria de su casa y empleé la mejor técnica que se me ocurrió para no ser tan directo: le dije que me gustaría que fuéramos más que amigos. Afortunadamente, no sugirió que fuéramos súper-amigos y me pidió unos días para pensarlo; después, dos de sus dedos se posaron en sus labios y volaron hasta los míos.

Triunfo total.

Al final de esa semana la volví a acompañar a su casa y me dijo que sí quería ser mi novia. Nuestro pacto de amor se selló con un sensual besote en la mejilla.

Por razones que ahora se me antojan brumosas no la busqué ese fin de semana, y nunca más he vuelto a esperar un lunes con tanta ansiedad.

Llegó el lunes y la hora de la salida. Siguió la caminata de 10 cuadras sin saber si tomarla de la mano o abrazarla por el hombro, así que preferí no hacer nada. Al momento de despedirnos, me dijo que lo había pensado mejor y que no quería que siguiéramos juntos. Y a mí, que me parecían inverosímiles las historias de noviazgos tan ridículamente cortos, no me quedó más que retirarme con mi corazón de 13 años herido de muerte.

Con el tiempo me enteraría que a ella le gustaba Óscar, quien me superaba en dos factores clave: era mayor que yo por un año, lo que en ese entonces era una barbaridad de tiempo, y era completamente vegetariano, virtud inalcanzable para mi alma chilanga-come-tacos-al-pastor.

Algunas veces paso enfrente de su casa y recuerdo el simulacro de beso. Y pienso también que después ella se mudó a Santa Fe y que no he vuelto a encontrarla. Y que tampoco he encontrado a otra linda cara-dura que me diga que le gusta mi forma de ser, pero no mi físico. Aunque seguro, más de una lo piensa.

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*Esta crónica surgió como un ejercicio durante el taller “La crónica: el rostro humano de la noticia”, que dictó el periodista Alberto Salcedo Ramos en Taller ArteLuz.

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