Rayones en los cuadernos

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@medicencocu

Los reportes que mis profesoras de la primaria entregaban a mis padres siempre fueron consistentes: el niño es muy inteligente, pero le cuesta trabajo poner atención, es desordenado y tiene problemas para relacionarse con los demás.

Nunca nadie me diagnosticó con déficit de atención, quizás porque en mi casa no creyeron necesario explicarse por qué a su hijo le costaba trabajo concentrarse en la escuela, por qué rayaba la parte de atrás de su cuaderno con dibujos sin sentido o frases que más bien parecían garabatos, por qué no le gustaba trabajar con los demás y por qué, en ocasiones, prefería echarse en un rincón de la biblioteca a leer que jugar con los otros niños de su clase. O quizás, nunca se dieron cuenta.

Tampoco es que fuera un niño solitario sociópata en potencia. Algunos de los momentos más felices de mi infancia los pasé al lado de tipos que, en su mayoría, siguen siendo mis amigos hasta el día de hoy. Aunque buena parte de los recuerdos de mi infancia son como los de una noche de copas con el colega Mariano Moreno, difusos, aún puedo visualizar las carreras en bicicleta, los partidos de futbol en lo que, entonces, nos parecía una cancha tres veces el tamaño del Estadio Azteca y hoy no es más que un jardín de unos 15 metros de largo, las tardes enteras jugando Nintendo 64, el cliché de las rodillas raspadas de tanto jugar en el pavimento, cuando intentábamos aprender a andar en patineta, la primera vez que vimos porno e, incluso, cuando me peleé a “puñetazos” con mi mejor amigo de la infancia, hoy nos acordamos y nos da risa.

Sin embargo, la falta de concentración, mi desorden y los rayones en los cuadernos siempre estuvieron allí.

Mi infancia la pasé en una escuela Montessori. Hasta el día de hoy, no es broma, sigo sin saber si esa fue una decisión acertada o no. Supongo que, por lo menos, en cualquier otra escuela me hubieran disciplinado y me hubieran hecho ser igual que los demás.

Cuando digo que no sé si fue una buena decisión o no, es porque, por sistema, ese tipo de escuelas dejan que los niños hagan, prácticamente, lo que quieran. Ese hacer prácticamente lo que quieran significó que, lo único que hacía era dibujar mapas, leer todos -sí, todos- los libros de la biblioteca, molestar a mis compañeros, caminar por el salón -aburrido-, hablar demasiado, salir de mi salón al jardín porque estaba -sí, otra vez- aburrido.

Aunque podía ser bipolar. Si de repente me divertía hablar todo el tiempo y molestar a todos en el salón, también había veces en que no quería hablar con nadie y me sentaba en mi silla sin hacer nada o pensando en cosas de las que ya no me acuerdo.

También tuve roces con los maestros. Como ya dije, era desordenado. Entonces, mis profesores iban a mi lugar a pedirme que regresara las cosas a su lugar, como no lo hacía, iban de nuevo hasta que no me levantara a poner lo que había usado de vuelta en su estante. Eso me molestaba, aunque viéndolo en retrospectiva, esos tipos tenían toda la razón. Cuando había que trabajar en equipo, me negaba. Así que, ya habrán adivinado, mis profesores me obligaban a hacerlo, cosa que también me causaba enfado.

En una escuela Montessori hay que barrer y lavar lo que uses o ensucies. Como ya habrán notado, no me gustaba que me dijeran qué hacer. Así que si tenía que barrer o lavar, sencillamente no lo hacía o hacía como que agarraba la escoba y como que iba al fregadero. Obviamente, eso hacía que me llamaran la atención.

Pero creo que lo que hacía con más frecuencia y que más los enfadaba, era cuando dibujaba o escribía en la parte de atrás de mis cuadernos cuando ellos estaban explicando algo. En más de una ocasión me quitaron mis dibujos, y mis primeras tiras cómicas y escritos -porque entonces ya empezaba a escribir, horrible, pero escribía mis primeros cuentos o cosas que me pasaban o sentía y quería plasmarlos- y tuve que escabullirme en la bodega para recuperarlos.

Pese a que siempre fui un idiota para los números y los sucesos mencionados con anterioridad, mi desempeño siempre fue bueno. Incluso la directora de la primaria me llamaba para felicitarme, sin saber, o ignorando, los pequeños bemoles que tenía dentro del salón de clases.

Mi infancia no terminó cuando, como dice el manual, me empezó a cambiar la voz, ni cuando me salió pelo donde antes no tenía. Tampoco cuando vi porno por primera vez, ni cuando salí de la primaria. Mucho menos cuando empecé a usar gafas, que, entonces, me hacía sentir súper estúpido, ni cuando me di cuenta de que ya no me daban asco las niñas.

Terminó cuando entendí que me sonaba más lógico que el universo se haya creado por una explosión y no porque un viejito así lo haya querido. Que no es raro querer estar solo a ratos y que inclusive era algo que me daba tranquilidad. Que cada quien elige lo que quiere hacer, y lo que la demás gente diga sirve para un carajo. Pero, sobre todo, que esos dibujos, que lo que escribía en mis cuadernos, no era algo que tenía que que dejar de hacer, si no que era, no lo sabía entonces, lo que quería hacer el resto de mi vida.

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