¿Represión?

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@Joso9

En una crónica de Julián Herbert para la revista Gatopardo acerca de la ciudad de Berlín, el escritor menciona un momento que, quizás, corresponde con el arquetipo que tenemos acerca del alemán promedio. Herbert observa cómo, durante una manifestación de jóvenes, los policías anti-disturbios ni se inmutan; los manifestantes les gritan, les escupen, los fotografían, pero la policía no reacciona, hasta este momento:

Los manifestantes se detienen. Se hace, casi, un silencio. Luego, con un movimiento tan bien coordinado que parece orgánico comienza un ballet de armonía provocadora, quienes encabezan la marcha —todos vestidos de negro— se ponen gorras negras y lentes oscuros y levantan bufandas o pasamontañas negros para cubrirse la boca, se enmascaran. Y, puesto que eso es ilegal, la civilizada policía de Berlín les cae encima a punta de gas lacrimógeno y garrotazos.

Resulta cruel y complicado tomar como ejemplo la interacción entre los manifestantes berlineses y las fuerzas del orden, y, desde luego, es inútil e injusto compararlo con el desalojo de los maestros el pasado viernes 13 de septiembre en el Zócalo. Pero algo podremos aprender.

En un momento de tanta tensión política, de una polarización ficticia y mediática de la sociedad entre “los que sí trabajamos” y “la bola de huevones-que-ni-son-maestros-y-pobres-niños-que-no-tienen-clases”, el operativo para desalojar el campamento de la CNTE ha sido igualmente celebrado y denostado. Los medios de comunicación han hecho su parte, poniendo el énfasis en la limpieza de las acciones de la Policía Federal, en la rapidez con que se llevó a cabo, en que, por fin, alguien asumía el costo político y restauraba el orden. Por su parte, las redes sociales clamaban una palabra con fuertes connotaciones en el imaginario mexicano: ¡Represión! Y, bajo el argumento de que esto huele al ’68, la mínima y necesaria reflexión ha sido, cuando menos, escasa.

Así pues, resulta ingenua y casi patética la alegría de quienes celebran el desalojo, de los que de verdad creían que era necesario lanzar a los granaderos contra el contingente de maestros en lugar de buscar acuerdos y hacer política, que, según creo, para eso se les paga a los políticos. Finalmente, la mentada reforma educativa sigue siendo un atentado contra los derechos laborales de los profesores y no ayudará en nada a la educación del país; al contrario, sólo gastaremos millones de pesos en evaluaciones que reprobarán los maestros, serán despedidos y su lugar será ocupado por otros maestros que reprobarán las mismas evaluaciones.

Sin embargo, creo que la palabra “represión” le viene grande a este operativo. Es cierto que la Policía Federal (y en general las fuerzas del orden mexicanas), no suelen ser reconocidas por su eficacia ni por su conocimiento en cuanto a derechos humanos se refiere. Pero cuando te ordenan desalojar el Zócalo y eres atacado con piedras, bombas molotov, palos, y te enfrentas a “anarquistas” que forman barricadas y lanzan petardos, no se me ocurren muchas mejores maneras de reaccionar mas que con cierta violencia. ¿Es terrible? Sí. ¿Era necesario? Probablemente no. Y creo que está bien denunciar los abusos de los policías y granaderos contra la población civil, pero de eso a compararlo con lo sucedido en Tlatelolco en 1968… creo que hay una distancia importante.

De cualquier manera, los manifestantes habían sido avisados que procederían contra ellos con la fuerza pública, hubo un ultimátum y las intenciones del Gobierno Federal eran claras. No podemos hablar de voces silenciadas, de coartar libertad de expresión, cuando los maestros llevan varias semanas manifestándose de muy distintas formas en diferentes vías de la ciudad.

Aun así, estoy casi seguro que quienes resistieron con violencia el desalojo no eran profesores, o no en su mayoría. Se trata de los mismos grupos violentos del 1º de diciembre y de casi cualquier otra manifestación contra el gobierno, los llamados “anarquistas” que tiran la bomba molotov pero esconden la mano. Me siguen causando escozor los excesos y las cuestionables técnicas que se emplearon para su desalojo, pero me queda claro que no son mártires de las causas sociales.

Creo que los maestros, los que de verdad se oponen a la reforma educativa (quién sabe si por los motivos correctos), seguirán su lucha y regresarán pronto a las calles de la ciudad. No es que esto me llene de entusiasmo, pero sigue siendo su derecho.

Foto: Notimex

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