Retrato de un gobernador en desgracia

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@MarianoMoreno7

Era inevitable. Sabía que algún día el castillo iba a derrumbarse, pero nunca creyó que las ruinas lo aplastarían a él.

No fue una noche placentera para el “gobernante” después que le dijeron que todo estaba perdido. Las malas noticias le espantaron la duermevela del porvenir más que cien cucharadas de café. Por obvias razones no fui invitado al gran (o pequeño) aposento del poder. Pero la imaginación me permite verlo en la jornada de su derrota ¿Habrá despertado con el deseo de que sus sueños se volvieran realidad y su realidad dejara de ser pesadilla? ¿Habrá desayunado algo ligero? ¿O se decidió por la exuberancia característica de las últimas cenas? Probablemente, sólo por si acaso, ordenó su platillo favorito, como los condenados a muerte antes de ir al paredón. No dudo que le haya puesto veladoras e incienso a todos los dioses, santos y brujos posibles para que sus planes salieran bien. Sin pensarlo le habría vendido su alma al diablo, pero tan grande fue el saqueo que ya no tenía nada qué ofrecerle al Maligno.

Todo el día habrá estado más nervioso que un adolescente esperando los resultados de la prueba de embarazo de su novia. Mordiéndose las pocas uñas que le quedaban en los dedos, estaba (ahora sí) realmente preocupado por el destino del estado que “gobierna”. Durante un momento del día habrá sentido un leve alivio, esperanzado por las mentiras de sus vasallos: “Usted no se preocupe, mi gober, vamos muy bien, ya ganamos, otra vez, como siempre”. Al poco tiempo llegaron los puñetazos de la realidad. Viendo los resultados nada favorables, se dio cuenta que estaba acabado. Tanta fue su soberbia que nunca imaginó que la papa caliente le iba a incinerar sus manos. “¿Pero cómo?” -se habrá cuestionado- “¿Si yo soy el soberano de todo esto? No, no, no ¡No puede ser! no.” Le habrá gritado lleno de coraje a los retratos colgados de sus egregios antecesores, que lo miraban con una mezcla de compasión y Gracias al Cielo no estoy en tu lugar. Incluso algún insulto habrá salpicado al retrato del Primer Jefe Gran Líder Su Alteza Serenísima El Señor Presidente, ese que antes era su amigo pero cuyo manto protector ya no lo cubría de la intemperie.

Ni el dinero a raudales ni la compra de voluntades ni la maquinaria oficial lograron apagar el fuego del odio contra su persona. Creyó que sería como tantas veces en las que se apaciguaba el enojo del pueblo con limosnas que borran la memoria colectiva. No ésta vez. Encontrar una simpatía hacia el “gobernante” era una labor hercúlea, casi tanto como conseguir la primera edición de un libro clásico y firmado por su autor. Como tantas veces, subestimó el enojo popular. Nada aprendió de la historia. Al parecer, nunca se enteró que el pueblo encabronado puede tirar malos gobiernos, como el suyo.

Dicen que lo último que muere es la esperanza, y el todavía “gobernante” se lo tomó tan en serio que (una vez más) ignoró el reclamo ciudadano. Si la ley no me otorga impunidad, la cambio para que lo haga. Total, en el chinguesumadre encomiendo mi espíritu. Al fin y al cabo la moral es un árbol que da moras, como diría el cacique de caciques Gonzalo N. Santos. Alguien más podría aceptar la inevitable derrota y como adulto asumir las consecuencias de sus actos. El capitán Smith, con una dignidad pocas veces vista en los tiempos de hoy, decidió ahogarse en el Titanic en lugar de subirse a un bote y tener una salvación vergonzosa. Incluso Hitler, escondido en su refugio bajo las ruinas de Berlín, rodeado sin escapatoria por los rusos, supo que ya no había más que hacer excepto pegarse un tiro en la cabeza.

Pero la supervivencia del “gobernante” en cuestión no es gloriosa, no tiene honor. No es una lucha que inspire admiración por su perseverancia. Al contrario, es una patada de ahogado ruin, tramposa, abyecta. Sus triquiñuelas exhiben al personaje tal cual. Sus maniobras para evadir la justicia reflejan el tamaño de su culpabilidad. Ni siquiera en los añejos tiempos del Partido Único y Absoluto se veía un cinismo de tal magnitud. ¿Qué más estará dispuesto a hacer para no pisar la cárcel? Tanta incertidumbre por su futuro ha demostrado ser la mejor dieta para el “gobernante”. Se ha comentado que los trajes ahora le quedan grandes, como grande le quedó el puesto para el cual fue elegido. Qué le vamos a hacer, también el pueblo se equivoca.

Lejos, muy lejos, quedaron los tiempos en los que todos querían estrechar su mano y sentir su sudor divino y llenarlo de los mismos elogios y adulaciones que se dicen cada seis años. Se acabaron los días en que todos se jactaban de tener un parentesco lejano con él, y en los que tener en la agenda su número privado era como saberse el código postal de Dios. “El hermano del primo del tío de mi cuñada trabaja con el gober así que ya la hice”. Ahora nadie espera el canto del gallo para negarlo las veces que sean necesarias. Los gritos que le exclamaban “¡Qué viva! ¡Qué viva!” ahora piden justo lo contrario. Acompañado de la soledad que habita en los palacios del poder, el “gobernante” se cayó desde la estratosfera del ego donde se encontraba. Y como solía cantar el grillo cantor: “Aquel rey al ver su suerte comenzó a llorar tan fuerte, que al llorar tiró el castillo y un merengue lo aplastó”.

Si todavía no lo sabe, o no lo quiere saber, díganle que sus días de gracia han terminado.

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