Richard Dawkins y el Papa Francisco entran a un bar

Pope Francis I celebrate Palm Sunday Mass at the Vatican, Sunday, March 24, 2013.
Share Button

@Joso9

En su libro Mis documentos, el escritor chileno Alejandro Zambra narra, entre otras historias, la de un niño que se vuelve monaguillo a escondidas de sus padres. No lo hace porque crea especialmente en Dios, sino porque le gusta ir a la Iglesia y tocar el Padre Nuestro que, según él, tiene la misma música de “The Sound of Silence”.

En una parte del relato, dice Zambra: “Decidí renunciar y en ese mismo momento dejé de ser católico. Supongo que también entonces empezó a extinguirse del todo el sentimiento religioso. Nunca tuve, en todo caso, esos devaneos racionales sobre la existencia de Dios, quizás porque después empecé a creer, de manera ingenua, intensa y absoluta, en la literatura.”

Dejar de creer en Dios ha sido una de las cosas más importantes que me han pasado en la vida, porque me permitió alinear mis opiniones y sentimientos de una forma más congruente. Dejé de pensar que un anciano invisible había observado cada calentura y devaneo adolescente y comencé a tratar de ser una buena persona (lo que sea eso signifique) sin tener miedo a quemarme en el infierno por toda la eternidad.

Ni siquiera fue una transición violenta. Sucedió mientras leía el ensayo Nada que temer, de Julian Barnes e, irónicamente, mientras estudiaba en una universidad jesuita. Y es que, ya lo he dicho, los valores de la Ibero y la libertad de cátedra permiten al pensamiento divagar y extenderse. Cuando vi el video del horrendo Esteban Arce en el que dice que no le guarda ningún cariño a la Universidad Iberoamericana, no pude más que alegrarme profundamente. Los dos fuimos a la misma escuela y cada quien se llevó cosas sumamente diferentes. Por ejemplo, él sigue siendo un ferviente católico que cree que la homosexualidad es una perversión y que José Saramago es tan sólo un  “comunista tendencioso”. Yo salí de ahí con los mejores amigos del mundo y muchas dudas sobre la vida.

Pero entre mis pocas certezas mantengo que no nos afecta si un musulmán cree que en el paraíso lo esperan 72 vírgenes, excepto si esta creencia lo lleva a oprimir a las mujeres en su vida diaria. No me importa que mi amiga Karen piense que se va a ir al cielo por poner en su Facebook lo mucho que cree en Dios, pero cuando comparte noticias sobre reverendos que “curan” la homosexualidad se me ponen los vellos de punta. De la misma manera, el ateísmo militante y agresivo que promueven figuras como Bill Maher y Richard Dawkins es casi una religión. Porque aunque la ciencia y el método científico sean de nuestros mayores orgullos como especie, estas figuras actúan como emisarios y obispos del ateísmo, creando campamentos y diciéndole a los demás en qué creer, humillando a quien no se rinda ante su propio credo.

Este tipo de fanatismo, sea cual sea su origen, no puede más que generar conflicto en lugar de entendimiento. Cuando Sabina, uno de los personajes de La insoportable levedad del ser, se niega a ir a una marcha contra la invasión rusa a la República Checa, Kundera apunta: “She would have liked to tell them that behind Communism, Fascism, behind all occupations and invasions lurks a more basic, pervasive evil and that the image of that evil was a parade of people marching with raised fists and shouting identical syllables in unison.”

Supongo que las recientes noticias de la visita del papa Francisco a México me han puesto a pensar en cómo construimos nuestra fe. En sí, no es malo que el papa visite México, especialmente cuando ha impulsado una agenda relativamente a favor de los derechos humanos y una mayor apertura para la Iglesia. En cambio, es horroroso el tributo que Angélica Rivera y otros artistas le prepararon, porque creo que nuestra democracia debe ser laica, porque Diego Verdaguer ni canta, porque Pedrito Fernández se ve ridículo y porque no puedo creer que esto lo sea lo primero que sabemos de nuestra Primera Dama desde que nos regañó por el affaire Casablanca.

Al margen de las consideraciones políticas, creo que dejar de creer en Dios no significa dejar de creer. Alejandro Zambra no dice que abandonó la religión católica para elevarse al rango de ateo supremo, sino que empezó a creer en la literatura. De la misma manera, en su genial discurso “This is Water”, David Foster Wallace dice: “In the day-to-day trenches of adult life, there is actually no such thing as atheism. There is no such thing as not worshipping. Everybody worships. The only choice we get is what to worship.”

Así, algunos creen en Dios, Dawkins y Neil deGrasse Tyson creen en la ciencia, otros en la Fuerza y en mi casa don Gabriel García Márquez tiene un pequeño altar. Lo contrario del fundamentalismo religioso no es el agresivo ateísmo que practican Dawkins, Bill Maher y otras figuras, sino un humanismo respetuoso, tolerante e inteligente. En una charla con amigos, a esas horas en las que ya se acomulan jarras y vasos de long island iced tea, dije que creer en algo hasta sus últimas consecuencias siempre conduce a problemas violentos.

“Even in love?” me preguntó Tom.

“Especially in love.” Contesté.

Foto: Especial

Comentarios

comentarios

*

Top