Salsa Lessons

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@Joso9

Yo no bailo. O al menos no bailo los ritmos típicos de mi tierra.

Cualquiera puede fingir rebotar en una pista de baile y menear las manos al ritmo de música electrónica, o subir y bajar la cabeza como si sintiera el hip-hop fluyendo a través de las neuronas. Pero lo que se dice bailar, bailar-pegados, eso nunca se me ha dado.

Durante una parte de mi adolescencia (cuando las hormonas lo llevan a uno a hacer locuras) tomé algunas clases de baile en las que, cuando había suerte, me emparejaban con alguna señora de cincuenta y tantos años; cuando no había suerte tocaba agarrarle la cintura al maestro mientras él contaba: un, dos, tres, cua…tro-un, dos, tres cua…

En esas lecciones aprendí tres pasos que hago en diferentes velocidades, sin importar si la música es salsa, cumbia, vallenato, bachata, merengue, montuno o heavy metal. En las incontables ocasiones que mi hermana trató de enseñarme algo más, la lección acabó con ella sacudiendo la cabeza y diciendo: “Es que el ritmo lo traes o no lo traes.” Y al parecer yo no lo traje.

Por eso mi método cuando toca bailar consiste en alcoholizarme hasta perder la noción de la vergüenza y dejar que el ritmo aflore desde lo más profundo del hígado. En un par de ocasiones he vuelto a la realidad después de un black-out de un par de horas para encontrarme dando vueltas con alguna chica en medio de la pista. Una de ellas me dijo: “¡Wow! ¿Tú sí que sabes bailar, verdad?” Después de esa experiencia aterradora dejé en paz el Bacardí durante varios meses.

En fin, yo no bailo.  Y creí que en esta pequeña ciudad donde vivo ahora, rodeado de pudorosos ingleses, jamás me vería en la necesidad de sacar a pasear mi falta de ritmo. Por supuesto, me equivoqué.

En la primera reunión de la Latin American Society, de la Universidad de Exeter, los nuevos miembros fuimos a tomar algunos cocteles en el restaurante Las Iguanas (donde una vez comí una horrenda enchilada hecha con tortilla de harina). Después de eso, el plan era ir a un club a bailar salsa. Ingenuo como soy, creí que sería mi oportunidad de impresionar a las inglesas con mi sangre latina y los tres pasos de baile que hago a medias.

Mi sorpresa fue grande al ver que en Timepiece, una especie de antro-pub, los martes por la noche son de ritmos latinos; así que durante buena parte de la velada la música fue una mezcla rara de salsa y canciones de Enrique Iglesias. Por supuesto, a los cinco minutos de haber llegado el entusiasmo se fue de mi cuerpo: quizá no muchos ingleses bailan, pero a los que les gusta la salsa realmente la practican. Así que en el lugar había parejas haciendo movimientos dignos de Bailando por un sueño, patadas y vueltas mortales incluidas.

Casi sobra decir que fracasé en mi papel de macho-latino-bailador-sangrecaliente. Era la primera vez que salía en Exeter y mi falta de ritmo quedó en evidencia y mi identidad latina en entredicho. La peor parte de la noche fue cuando una compañera que traía una férula en la rodilla nos contó que llevaba años tomando clases de baile y que se había lastimado la pierna durante un festival masivo de salsa en su natal Gales. La humillación fue total.

Esa misma noche, una inglesa que vivió un año en Chile nos contó que muchos amigos latinos suyos le habían querido enseñar a bailar, sólo para acabar pegando cara con cara y cuerpo con cuerpo, en un contacto que a cualquier europeo le parecería incómodo. “No mami es que tú no entiendes, así se baila acá, somos de sangre caliente”, le dijeron. Creo que toda la picarezca latina queda resumida en esa oración.

Cuando uno es latino ni siquiera vale escudarse en la intelectualidad para no bailar. Dos de los más grandes periodistas de esta parte del continente, Alberto Salcedo Ramos y Julio Villanueva Chang, además de grandes lectores y escritores son fanáticos del baile. Salcedo Ramos, a quien le envidio a muerte el ritmo, incluso tiene un perfil de la leyenda del vallenato, Diomedes Díaz, y le ha dedicado textos a más de un cantante popular.

Después de la fallida noche de salsa he tenido de tiempo de preguntarme qué nos hace latinos, o qué me hace latino si no sé bailar. La mayoría de nosotros somos cálidos y amables. Nos saludamos de beso, nos abrazamos aunque nos hayamos visto un día antes y bailamos exóticos y sensuales ritmos con singular alegría. Cuando visité una discoteca en Medellín hace unos meses, la primera impresión que tuve fue que los colombianos sin ritmo la deben de pasar muy mal. Después de eso me pregunté si en efecto existiría algún colombiano sin ritmo. Cuando le conté a un taxista de Santa Marta que en la Ciudad de México vivíamos 20 millones de personas, me soltó un ¡Jijueputa!  que me partió de risa. Los latinos somos barrocos, alegres, melancólicos, ojetes, jijueputas, boludos, weones, güevones, hijos de la chingada y tantas otras cosas.

Hace unos días hablé con una compañera sueca. Me comentó que había visitado México hace tiempo, y que le encantaba ver cómo la gente tenía chispa y vida en los ojos, cosa que en Suecia, aun a pesar de su increíble estado de bienestar, no abunda. Me dijo que la gente es más materialista, más cerrada, quizá más ambiciosa pero mucho más fría.

Quizá por eso bailamos, aunque sólo sean tres pasos repetidos ad infinitum. Quizá el baile es la forma en la que olvidamos nuestras miserias y nos unimos en el fantástico ritmo de la sensualidad y la pobreza compartida. Quizá bailar sea una forma de ser latino en tierra extranjera.

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