Si yo fuera Papa

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@MarianoMoreno7

El supuesto es contradictorio para mí. Es como imaginar a Donald Trump queriendo ser mexicano. Pero si cualquiera puede ser diputado, alcalde, economista (como Andrea Legarreta) o incluso presidente, yo me pregunto, ¿por qué no Papa? No es que Francisco esté haciendo mal su trabajo. Al contrario. Es un hombre que, a pesar de la institución anacrónica que representa, me cae muy bien. Dado que tengo pendiente disfrazarme del Sumo Pontífice para Halloween, me divierte imaginarme bailando con mitra, báculo, casulla y el anillo del pescador.

Si yo fuera Papa me haría llamar Marianus 69 y todos tendrán las puertas abiertas en la casa del Señor. ¿Quién soy yo para juzgar a los homosexuales, a los drogadictos, a los americanistas? Para mí (casi) todos merecen el perdón de Dios.

Empezaría mi Papado haciendo algunas modificaciones a los cursos de catecismo. Por ejemplo, ya no le enseñaríamos a los niños a hacer el bien por conveniencia y a no hacer el mal por miedo. Las madres no deberían obligar a sus niños a ir a misa los domingos, ya que amor que se hace por la fuerza no es amor sino violación. Es doctrina marxista. Asimismo, los karaokes y WiFi en las iglesias no parecen mala idea para combatir el sueño que muchas veces abunda en las homilías.

Habiendo tantos pobres me parece que cobrar por realizar misas, bautizos, casamientos y la absolución de los pecados debería ser inaceptable. Más si se amenaza con el infierno a cualquiera que no entregue lo poco que tiene. Organizaría foros de cine y debatiría que, contrario a lo que se piensa, El exorcista es una de las películas que más defiende a la religión católica. Y la lectura de Cien Años de Soledad sería igual de indispensable que la de La Biblia. 

No obligaría a nadie a creer en Dios, ya que no se puede culpar a alguien por no creer en lo que no ve ni siente. El amor del Señor no se limita a las personas que comulgan con la religión de la cual sería líder. Les recordaría que todos nacimos ateos, ya que ningún bebé tiene idea alguna de los dioses ni de la fe; es nuestro entorno, geografía y azar lo que nos vuelve creyentes o no. Si Dios opera de formas misteriosas, sus razones tendrá para mantenerse escondido de los ojos humanos. ¿Será que, al igual que el dr. Frankenstein, esté temeroso de su más bella creación?

Haría mía las palabras de: “no es necesario creer en dios para ser una buena persona. Algunas de las mejores personas de la historia no creían en dios, mientras que muchos de los peores actos se hicieron (y se están haciendo) en su nombre”. No todos podemos creer y pensar lo mismo. Aceptaría que uno puede ser espiritual pero no religioso y que hay quien puede encontrar a Dios en la naturaleza, las puestas de sol, los libros, el dinero o en el peyote.

Ningún país que se jacte de ser laico debería pagar por mis viajes, ya que no tengo ningún derecho a que un país gaste sus impuestos en mí. No he revisado las finanzas de El Vaticano, pero estoy seguro que pobres no estamos. ¿Por qué alguien tendría que pagar para recibir la bendición del representante de Dios en la Tierra?

Respecto al disco en honor al Papa que presentó Angélica Rivera, de la manera más amable le diría a la señora Gaviota que con regalos pendejos no se abren las puertas del Cielo. Eso sí. En mis viajes a México, antes que pasar a La Villa para saludar a la Lupe, no perdería la oportunidad de echarme un tequila (o dos, o siete) en la plaza de Garibaldi. En ese templo no es necesario transformar ningún líquido en agua bendita. Además, preferiría beatificar a José Alfredo Jimenez que a otras personas que ni disfrazados del enmascarado de plata podrían llamarse santos.

No metería las manos al fuego para defender o cubrir los múltiples casos de pederastia. Serían castigados con la ley terrenal, ya que en la celestial sospecho que hay aún más vestigios de impunidad que en la de los hombres. Y ninguna mujer debería pisar la cárcel por abortar.

Oraría porque el mundo se tome la vida con más sentido del humor, ya que lo único sagrado es la risa y el amor. Dicho esto, consideraría criminal el voto de celibato para los sacerdotes. Como diría San Eduardo Galeano: “Yo bien sé que el pecado carnal está mal visto en el alto cielo, pero sospecho que Dios condena lo que ignora”.

La institución a mi cargo pediría (por fin) perdón por tantas atrocidades cometidas a lo largo de su historia. No podemos negar que las Cruzadas, la Santa Inquisición, la quema de brujas y el asesinato de miles de indios que no querían abandonar sus antiguas creencias se hicieron bajo el amparo y consentimiento de la religión católica.

Viendo los lujos y la ostentación que abunda en El Vaticano, me preguntaría si ese palacio disfrazado de basílica se acerca al mensaje de humildad y pobreza que el Señor tenía en mente cuando comenzó todo.

Me costaría mucho, pero la humanidad tendría derecho a saber que yo no soy ninguna Santidad, ni tengo un teléfono rojo para comunicarme en línea directa con el Altísimo. Que tampoco tengo poderes curativos ni los milagros se hacen a mi voluntad. Que si con todos los arcángeles que resguardan la Plaza de San Pedro no puedo detener a los carteristas, poco puedo hacer para erradicar por completo las guerras y la hambruna. Y confesaría que por las noches no duermo, porque sigo esperando a que por el balcón se asome un ángel que me cuente cómo van las cosas allá muy arriba.

Pero todo esto son promesas de campaña que no voy a cumplir porque nunca seré nombrado Papa. Ellos se lo pierden. Aunque algo me dice, estoy seguro, que todo esto es lo que hubiera querido aquél hombre que nació en Belén hace más de dos mil años.

Amén

(y amen)

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