Sin plumas, sin lentejuelas

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@ricardolopezc

Mañana se estrena Pink… el rosa no es como lo pintan. Si el nombre no es suficiente razón para no verla, basta decir que Roberto Palazuelos interpreta a un abogado que defiende los derechos homosexuales. Pink parece mostrar un mundo en donde los gays sólo se visten de rosa, adoran a Cher, usan drogas sintéticas, son promiscuos, amanerados y no se atreverían a pararse en un evento que no termine en orgía. Habiendo ido a un par de fiestas gay, puedo decir que no son ni la mitad de divertidas de como se las imaginan en los cortos de la cinta.

El director, Francisco del Toro, ha dicho que la película pretende demostrar por qué una pareja gay no debería tener el derecho de adoptar a un niño. Vaya forma de representar a un gremio de creadores progresistas. Yo creo que el tema de la adopción es un debate que no debería serlo. En una democracia liberal todos los derechos son para todas las personas.

Carlos López, en Chilango, describió la película como prejuiciosa y llena de ideas oscurantistas. No hace falta más que ver los cortos para estar de acuerdo con él. Quizá por eso circula en Change.org una petición para que la Secretaría de Gobernación prohíba la exhibición de la película. Más de siete mil personas han firmado para que se censure algo que “resulta ofensivo y estigmatizante” para la comunidad LGBT.

Me alegra que haya quienes quieran defender los derechos individuales y las reivindicaciones sociales de la izquierda. Lo que no me parece tan buena idea es querer defender los valores liberales atacando a otra libertad. Es como querer quemar todo un bosque para limpiarlo de una pequeña plaga. A veces, bien dirían las abuelas, el remedio sale más caro. En vez de prohibir prefiero confiar en la inteligencia de las audiencias mexicanas. Me rehúso a creer que somos borregos que no piensan por sí mismos y que creemos cualquier cosa que nos entregue el sistema.

El problema es que censurar una película porque puede ser ofensiva para alguien no es la solución. Javier Marías escribió apenas la semana pasada en El País que una de las características principales de nuestra época es la pasión censora. “El problema mayor son las sociedades, el ánimo censor que se va adueñando del planeta.”

Si prohibimos cada película, libro o panfleto que ofenda a alguien nos quedaremos sin nada. O, peor, con textos vacíos y cintas asépticas. No podemos combatir una idea retrógrada con otra. Tomarse la molestia de hacer una película abiertamente anti-gay es tan preocupante como el ánimo censor de los políticamente correctos.

Entiendo que escribo desde una posición privilegiada. Soy hombre, heterosexual y miembro de la clase media-alta. Difícilmente me encontraré en alguna sala de cine con una película que me ofenda. Sin embargo, creo que la solución no es prohibir una película ofensiva. Si acaso, hacer una campaña que combata las ideas retrógradas con información.

A mí me gustaría – en un afán capitalista y vengador – que la película fracasara en el mercado. La mejor forma de mostrarle a los anticuados que hemos avanzado como sociedad es ignorar su visión del mundo. Que las salas vacías les digan lo que pensamos de su cinta. No digo que la boicoteemos – eso sería darle demasiada importancia – sino que usemos nuestro tiempo para hacer algo más. Declaremos que nuestro mundo es más interesante que el suyo: veamos cualquier otra película, tomemos café mientras hablamos de frivolidades o, simplemente, vayamos a una fiesta gay.

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