Sobre epítetos griegos y autores holgazanes

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Por Pedro Derrant

Una de las fuentes más antiguas del mito de “las dos diosas”, Démeter y Proserpina, es el fragmento de una tragedia perdida de Eurípides. Como es usual en la poesía y el teatro de la Antigua Grecia, a los personajes de esta obra se les representa a través de sus epítetos y ciertas descripciones formulares (Zeus porta-égida, Odiseo varón de muchos ardides, Hera la de ojos de novilla); a Proserpina, una de las protagonistas de esta historia, se le llama en el fragmento “la muchacha indecible” (arretos kore). Es muy fácil para el lector moderno pensar que los epítetos son sólo una treta de los poetas para hacer que los versos calcen, una receta métrica por si sobra espacio, o si falta rellenar con algo. Es también imposible tomarlos en cuenta cuando se han repetido tantas veces, de manera tan constante y aparentemente innecesaria. Contrario a esta concepción se planta Giorgio Agamben en su más reciente libro, La muchacha indecible (Sexto Piso 2014), hecho en colaboración con la artista plástica Monica Ferrando:  un ensayo sobre la sustancia semántica del nombre “la muchacha indecible”, dado a Proserpina, su reinterpretación a través del tiempo y lo que ello nos puede decir no sólo del personaje mismo y del fenómeno cultural que envuelve el mito, sino incluso de nuestra propia vida, la relación del hombre actual con el conocimiento, su sexualidad y su identidad como ser humano.

La línea argumental de todo el ensayo de Agamben es desentrañar el sentido último de lo indecible que yace en Proserpina y su culto. Para lograr esto se vale de muchos y variados recursos; desde un análisis etimológico de ciertos conceptos clave de los Misterios Elusinos, (ceremonias dedicadas a la representación performática de la historia de la diosa), hasta una interpretación filosófica de las fuentes antiguas o bien un diálogo con las teorías del conocimiento de Aristóteles y de los arquetipos de Jung. Con lo dicho antes no pretendo ni de lejos hacer una lista exhaustiva, sino sólo demostrar cuán diversos hilos textuales entreteje Agamben para dar un sentido, o extraerlo mejor dicho, y presentar lo indecible de la Kore (así también se llama a Proserpina).

Por indecible entiende aquello que no es posible expresar, no porque exista una prohibición, sino porque es irrealizable poner en palabras algo que no pertenece al reino del verbo, del logos. La muchacha es indecible porque borra las fronteras entre el hombre y la mujer, entre la doncella y la madre, entre la divinidad y lo animal, su presencia es pues, imposible de comunicar lógicamente y debe ser necesariamente experimentada con los sentidos durante los Misterios Eleusinos. Se trata de un conocimiento iniciático, mistérico. Ahora bien, eso podía estar disponible para el hombre griego, pero ¿es posible que nosotros, occidentales del siglo veintiuno, podamos acceder al mismo rito iniciático que entonces se recreaba?

He aquí que entra Monica Ferrando, artista plástica contemporánea cuya obra tiene una gran influencia del mito de Kore. Sus pinturas y bocetos ilustran el libro hasta el punto de que la imagen se vuelve tan importante como el mismo texto. Esto, por supuesto, me pareció un detalle exquisito, pues va de la mano con la teoría de Agamben sobre la necesidad de entender el mito a través de la imagen y no de la palabra, además de implicar al lector en un nivel más cercano a la comprensión del concepto de lo indecible. Esto por no mencionar el hermoso producto editorial en que resulta el libro como objeto por este detalle. La mancuerna de texto e imagen es magnífica porque hay una complementación real y tangible de los elementos, pero conforme avanza el libro esto se pierde poco a poco y termina por diluirse. El ensayo sobre lo indecible de Proserpina es de una extensión que no supera las cuarenta páginas. De ahí en adelante hay un texto de Monica Ferrando que pretende ser un Ars pictorica, pero no pasa de ser una repetición de lo dicho por Agamben, aunque en un tono que busca y no logra ser poético. Tenemos suerte de que esto sea sólo un par de páginas, pero después hay una larga, y quiero decir larga, lista de fragmentos clásicos de literatura griega y latina en donde aparecen Démeter, Hades o Proserpina en el contexto de este mito. ¿Para qué, me pregunto yo, habrían de ocupar los autores más de cien páginas en extractos de otras obras? La respuesta parece clara: para llenar espacio.

Este resulta el mayor defecto del libro. Un ensayo claro y bien equilibrado que se acompaña de una serie de imágenes hubiera sido perfecto, pero la necesidad de publicar el libro parece haber llevado a los autores a llenarlo de elementos inútiles que devienen en una obra que cansa, que empieza bastante bien, pero luego pierde el rumbo y nunca lo retoma. Es una libro que debió haber sido ciento veinte páginas más corto o no haber sido nunca; sin duda es interesante conocer las fuentes del mito, pero ese tipo de estudios documentales pertenece a otra esfera de la creación teórica y en medio de un interesante esfuerzo interdisciplinario entre filosofía y pintura viene a desentonar. Quizá también lo hayan incluido los autores por pensar que cualquier cosa que tuviera que ver con el mito habría de quedar bien, pero nunca se justifica la aparición de esta cansina lista como con los otros elementos y por eso sobra. Me hace pensar que esto es lo mismo que antes dije de los epítetos, una argucia del autor para llenar espacio en blanco. Gran paradoja la de defender una postura con un ensayo y no demostrarla con las acciones.

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