The Lobster o la disección del amor

IMG_2135.CR2
Share Button

@manzanita_zeta

El último filme del director griego, Yorgos Lanthimos (Dogtooh, 2009 y Alps, 2011) es una disección del amor. En una sociedad distópica, donde no hay peor crimen que ser soltero, existe un hotel dedicado a que las personas encuentren pareja a lo largo de 40 días, de no ser así son convertidos en animales y tienen una segunda oportunidad de hallar un compañero. Es justamente a este lugar al que David (Colin Farrell en uno de sus personajes más interesantes) llega junto con su hermano, un perro, después de un matrimonio fallido.

Durante la primera hora vemos cómo David, al lado de sus compañeros: “El hombre que cojea” (Ben Whishaw) y “El hombre que tartamudea” (John C. Reilly) tratan de emparejarse de manera desesperada; no importa si en el camino tienen que provocarse sangrados nasales o tragarse el dolor que les causa la muerte de un ser amado. Porque, como el filme lo expone, fingir es mejor que estar solo.

La segunda parte de The Lobster es más difícil de sobrellevar, pero es necesaria para hacer que ésta pase de ser una cinta innovadora a una inolvidable. Esta parte de la historia transcurre en el extremo opuesto (no tanto por hectáreas sino por ideología) del hotel: el bosque. Aquí es donde se encuentran “Los solitarios”: un grupo de rebeldes que se oponen a la opresión de las normas sociales que señalan que vivir en pareja es la única forma aceptable de existir y que, a su vez, son el animal favorito de caza del resto de la sociedad.

Sin embargo, lo que en un principio parece un golpe de suerte para David, pronto se convierte en un martirio, ya que las reglas de su nuevo bando son igual de estrictas que las que lo habían subyugado anteriormente, sólo que estás corren para el otro extremo: todo está permitido, menos enamorarse. Amar al otro, entonces, pasa de ser una necesidad a un castigo, deja de ser un motor para convertirse en una condena. Pero justamente porque uno no puede elegir en cuestiones del corazón (aquí Yorgos parece burlarse de nosotros a través de la pantalla), David se enamora de una compañera suya (Rachel Weisz), encontrando, una vez que ha dejado de buscar, a alguien con quien compartir su alma. De ahí la brutalidad de la premisa: sostener que uno no puede estar solo es igual de violento que señalar que tampoco sabe estar acompañado, ambas son dos caras de la misma moneda.

La pareja no puede disfrutar abiertamente de su relación, por ello demuestran sus sentimientos a través de pequeños detalles: compartir audífonos mientras bailan bajo la lluvia y cazar conejos se convierten en las manifestaciones perfectas de la pasión.

El hecho de que David sea el único personaje con nombre es perfectamente justificado cuando descubrimos que quien narra la historia es Rachel Weisz, ya que- como sucede cuando nos desvivimos por otro- estamos seguros de que el nombre guarda a la persona y todos los demás nombres dejan de importar.

El final de la película es desgarrador pues demuestra que a veces las peores soledades son las que se gestan cuando no se puede franquear la otredad del ser amado.  Que no es la libertad de no poder escoger sino, por el contrario, la de tener opciones, la que desgarra. Que la ceguera es la condición del amor y que existe un límite que nos impide sacrificar una parte de nuestra individualidad por alguien más. No parece casualidad que el cuarto de David sea el 101, el mismo del 1984 de George Orwell, el cual deja como aprendizaje que la elección de salvarse a uno mismo siempre resulta más fuerte que cualquier amor.

Comentarios

comentarios

Relacionado

*

Top