Tinder en Hong Kong

MCH_DESAMOR-2016-NURIA
Share Button

Por Nuria Palau
@NursPa

Llegar al otro lado del mundo sin conocer a nadie es mucho más difícil de lo que pensé. Cuando me mudé a Hong Kong, creía, ilusamente, que hacer amigos aquí iba a ser tan sencillo como en mis años de universidad. Sin embargo, desde el primer día en el trabajo me dí cuenta de que no sería así. Rara vez compartía tiempo con gente que hablaba inglés y cuando encontraba a alguien que lograba comunicarse conmigo, solía ser un alumno de no más de 13 años.

Mis primeras semanas no fueron fáciles, trabajaba pocas horas y tenía mucho tiempo sin tener nada que hacer, excepto estar completamente perdida en una ciudad donde nada hacía sentido. Tenía que ir a Wan Chai, acababa en Chai Wan, que no es lo mismo que Shueng Wan o Tusen Wan; me decían que la escuela a la que tenía que ir estaba junto al Starbucks en Tai Po, y yo lo buscaba en el pueblo pesquero Tai O y ¿qué no es lo mismo Kowloon Town, Kowloon Tong y Kwun Tong?

Pasaba más horas buscando a dónde tenía que ir que trabajando. La energía se me terminaba caminando de arriba a abajo y de derecha a izquierda, en círculos y espirales a más de 30ºC. Esta tortura era una invitación a llegar a mi casa -no más tarde de las 6- y encerrarme por el resto de la noche. Al principio, el jet lag hacía que sólo tuviera un par de horas libres y después me ganara el cansancio, pero conforme fue pasando el tiempo, cada vez se me hacía más tarde, y estando a 14 husos horarios de México, era difícil encontrar a alguien con quien platicar.

No voy a mentir y a decir que eso me hizo empezar a usar Tinder, porque en México ya lo había bajado; de vez en vez platicaba y hasta llegué a salir con alguien, pero nunca le encontré mucho chiste. En Hong Kong se volvió mi principal fuente de interacción social. Cada día hablaba con alguien que me contaba algo de la ciudad, me recomendaba lugares para ir y hasta intercambiábamos historias de nuestros alumnos (una de las cosas que aprendí es que todos los extranjeros aquí somos maestros, pilotos o chefs).

Swipeaba mi dedo de derecha a izquierda hasta que se me dormía la mano. Hice cálculos aproximados: de cada 50 que me aparecían, me gustaban 20, de esos 20, matcheaba con 15, de esos 15 hablaba con 3. En fin, llevo 6 primeras citas y una segunda.

Como soy millennial y no pienso tomar responsabilidad de mis actos, voy a echarle la culpa a la primera vez que salí con alguien aquí: un finlandés guapo, educado, lindo, trabajador, que bailaba salsa. Todo bien excepto por el hecho de que no vivía en Hong Kong. Venía a un viaje de negocios y no tenía planes de regresar. Salimos dos veces, paseamos, cenamos, platicamos, fue increíble y se largó.

Conocer a alguien así me invitó a seguir usando la aplicación. La segunda persona con la que salí fue un inglés demasiado carismático. También estaba aquí de paso, por lo que yo me había negado a verlo, pero un día, por ociosa, quedé de ir a un bar con él. Platicamos un buen rato pero él tenía planes y yo tenía que ir al show-karaoke de un amigo que iba a vestirse de mujer. Desperté con un par de mensajes que decían “where r u?” pero no les dí importancia, porque sabía que él regresaba a Londres al día siguiente.

La historia pudo haber acabado ahí, pero un par de semanas después recibí una imagen desde su celular: era él con tres niños y una mujer. El mensaje decía: “my family”. Me quedé en shock e, ingenuamente, esperé un mensaje en el que me dijera que era una broma, pero no fue así: después de que no contesté, su esposa (sí su esposa), me advirtió que me alejara de su carismático marido, pues acababa de descubrir que él llevaba dos semanas acostándose todos los días con mujeres diferentes que conocía por Tinder. Me pareció razonable, así que lo bloqueé y no supe más de él.

Después de eso borré Tinder de mi celular, ya llevaba casi dos meses aquí y estaba muy contenta: ahora tenía poco tiempo libre y prefería usar mi energía extra para ir a la playa con mis amigos, salir a bailar, subir montañas, salir de Hong Kong; literalmente cualquier otra cosa. Pero como el ocio es la madre de todos los vicios (y a veces paso más de dos horas al día en el metro y camiones) lo volví a instalar y de vez en cuando, con renuencia, veía qué había de nuevo.

Platiqué e incluso salí con gente completamente gris y aburrida, aunque supongo que yo lo fui también. Acabé bailando un tango de instalar/borrar la aplicación de mi celular. Cada vez que hablaba con alguien, me aburría y  me olvidaba de desinstalarla; pero cuando lo recordaba, ya estaba hablando con alguien nuevo.

Hace un mes, descubrí lo que me faltaba para por fin poder eliminar Tinder definitivamente: una cita catastrófica. Otro inglés, me llevaba nueve años, también era maestro y en su tiempo libre jugaba futbol. Platicamos un par de días y quedamos en tomar unas cervezas en su azotea. Antes de nuestra cita él tuvo un partido de rugby, me avisó minutos antes de que saliera de mi casa que estaba en el hospital porque se había roto un dedo, acordamos vernos otro día. El siguiente plan fue ir a las carreras de caballos pues yo nunca había ido; llegué a mi casa, me cambié, me maquillé y recibí un mensaje de que tuvo un problema con su banco y no tenía dinero; obviamente le ofrecí invitarlo, pero me dijo que no le parecía correcto, que mejor nos viéramos al otro día.

La tercera es la vencida, pensé. Esperé que mandara detalles de cuándo y dónde nos veríamos hasta las ocho de la noche, cuando me dijo que nos viéramos a las nueve. Yo estaba harta, pero pensé que, de todos modos, tenía que conocerlo. Fuimos a un bar y aquí es cuando confieso que les mentí unas cuantas líneas atrás: no fue una catastrófica cita, fue increíble, sobretodo después de los güeyes anteriores.

Con él me divertí, no hubo silencios incómodos o preguntas tontas que sólo pueden ser respondidas en monosílabos; platicamos del trabajo y de nuestras vidas, pero también de cosas trivialmente entretenidas, comparamos los trenes del metro de 100 años de Londres con la modernidad de los de Hong Kong, yo le conté que en México acabábamos de poner unos nuevos donde el vagón y los rieles no embonaban y le dio mucha risa; le di los mejores tips para robar en las tiendas de Disney; me contó de su equipo de futbol y de cómo los invitaron a jugar a Corea del Norte contra un equipo local. Antes de que nos diéramos cuenta, estaban cerrando el bar, nos trajeron la cuenta y yo hice lo que toda señorita haría: saqué mi cartera, me ofrecí a pagar y cuando me dijo que no me preocupara, actué sorprendida (como si nunca ningún hombre le hubiera ofrecido pagar a una mujer) guardé mi cartera y dí las gracias. Me acompañó a la estación de metro más cercana y nos besamos.

En el camino a casa no podía dejar de sonreír, estaba tan contenta que le hablé a una amiga para contarle lo bien que me fue. Estaba tan feliz, que ni siquiera me importó que al día siguiente tenía que despertarme a las seis de la mañana.

En retrospectiva, debí sospechar que algo andaba mal cuando él canceló de último minuto dos veces en una semana; o cuando llegó a la cita menos de una semana después de haberse roto un dedo sin siquiera un moretón; o tal vez cuando empezó a armar un porro a la mitad de un restaurante en una ciudad donde te dan siete años de cárcel sólo por posesión de drogas. Sin embargo, ese sensor de alerta que dice que algo anda mal no existe en mí.

Al otro día, después de tres caóticas horas de clases de kinder, revisé mi celular y encontré que me había mandado tres mensajes. Emocionada, los leí: “I think you’re pretty rude”, “letting me pay for dinner and not say thanks”,  “not cool”. Otra vez, quedé en shock, otra vez, ingenuamente, esperé un mensaje diciendo que era broma, pero nada. Silencio, por horas y días. Supongo que su concepto de “saying thanks” implicaba ir a su departamento, fumarnos ese porro, escuchar a Marvin Gaye, prender velitas románticas y tener sexo salvaje. Not cool.

Ahora sí borré Tinder para siempre*. Yo defendía a la aplicación diciendo que es lo mismo que conocer gente en un bar y mantengo mi punto; lo que nunca consideré es a la gente que conoces en un bar: borrachos, gente gris y aburrida, gente ruidosa y sin auto-control, los que nada más están ahí para ver qué pescan, solteros y solteras desesperados, casados infieles, mujeriegos, cazafortunas, personas que claramente son más viejas de lo que dicen, personas que claramente son más jóvenes de lo que dicen, el güey que te va a mandar dick pics en fin, gente tan jodida como uno.

*ay ajá

Comentarios

comentarios

*

Top