Un Auterretrato

LE AUTE
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@marianomoreno7

Cuando era niño todavía no existían teléfonos más inteligentes que sus dueños, los automóviles no contaban con pantallas para ver películas y si uno escuchaba de fosas clandestinas en seguida las ubicaba en Serbia o Kosovo  – por esos años se libraba la Guerra de la Antigua Yugoslavia – y no en las afueras de su propia ciudad. Dado que no había Twitter ni WhatsApp y leer un libro sin imágenes era como enfrentarse al Minotauro, habían muy pocas opciones para no aburrirse en un viaje por carretera.

Afortunadamente – y según la mitología griega – Orfeo inventó la música. Lo más que amenizaba las horas de viaje, viendo por la ventana del coche campos sin vacas y montañas lejanas, fueron los discos de Sabina, de Silvio y Pablo Milanés. Pero es la discografía de Luis Eduardo Aute la que recuerdo perfectamente. Al principio no entendía muy bien la profundidad de sus canciones; a los siete años es difícil discernir bellos poemas acompañados de música, pero de tanto escuchar esas “canciones para adultos” el lavado de cerebro funcionó y me empezaron a gustar, y por consiguiente me las terminé aprendiendo. Además, era más interesante escuchar versos como “Cuando el deseo estalle como rompe una flor, te quitaré el vestido, te cubriré de amor”, que las tablas de multiplicar cantadas por Cepillín. 

Mientras más pasaban los años, más me adentraba en el vasto repertorio musical de Aute. Ahora no solo me gustaban, sino que hacían sentido en mí versos como “Si te dijera amor mío, que temo a la madrugada, no sé qué estrellas son esas que hieren como amenazas” o “Por más que yo sea una Bestia y tú seas tan Bella, quiero bailar un slow with you tonight”. Hasta la fecha, sus canciones son parte de la banda sonora de mi vida.

Uno de los mejores conciertos que se han hecho en Coatzacoalcos fue el que dio Luis Eduardo Aute en el parque de los Niños Héroes, a un costado del río donde, cuenta la leyenda, Quetzalcoatl navegó en una balsa hecha de serpientes para irse a quién sabe donde y volver quién sabe cuando. El concierto se dio en el margen del Encuentro Internacional del Mar, festival que no le pedía mucho al Cervantino y que, insisto, se dejó de hacer por razones ajenas a la inteligencia.

No pregunten cómo, pero tuve la oportunidad de acompañar a Luis Eduardo Aute desde que llegó al aeropuerto hasta que dio su concierto. Sólo me le separaba cuando me pedía de manera amable un poco de privacidad para ir al baño. Yo no cabía de la emoción por ir en el mismo coche que mi ídolo musical, pero lo disimulaba bien. Aute iba en el asiento del copiloto, casi siempre callado y observando una ciudad desconocida para él. Eran tiempos electorales, por lo que todo estaba tapizado de espectaculares en los que se veía a un candidato con rasgos característicos de las aves. Al ver su gran rostro, Aute exclamó: “Su cara es un poema”. Cada quien intentó descifrar en su mente el planteamiento del sabio. Todo fue silencio hasta que finalmente alguien se atrevió a preguntar por qué. “Porque está horrible”, respondió el Maestro.

Poco antes de iniciar el concierto, el manager de Aute hizo una petición. No fue de esos pedidos extravagantes tan comunes en Luis Miguel o Madonna. Lo único que pidió fue que si se podían llevar al niño, o sea yo. A esa edad uno todavía no entiende muchas cosas, pero con el paso de los años comprendí que si Aute no quería la presencia de un niño antes de dar un concierto, era porque seguramente necesitaba “prepararse”. Si supiera que yo le podría haber conseguido algo de mejor calidad.

Hace 3 años Aute fue a la Universidad Iberoamericana a presentar el álbum “El niño que miraba el Mar” y su cortometraje animado “El niño y el basilisco”. Yo me encontraba estudiando ahí y me escapé de dos clases para ir a verlo. Se encontraba de luto por la situación de violencia en México y triste por la entonces reciente explosión en la Torre Pemex. Al finalizar el evento me acerqué a él. Los celulares ya contaban con cámaras fotográficas. Le comenté que cuando era niño yo había con él en Coatzacoalcos, durante el Encuentro del Mar. “Ah, claro. Magnífico concierto”, dijo mientras garabateaba una hoja de mi libreta escolar. Jamás sabré si decía la verdad o no. Es más, estoy seguro que ni se acordó de mí. Pero yo siempre recordaré y cantaré sus canciones, siempre con dos o tres segundos de ternura.

Luis Eduardo Aute ha cantado sobre la desinformación de los medios (“Si todavía hay quien tenga el honor de ser cómplice del crimen de la verdad”) y el desamor (“De alguna manera tendré que olvidarte / por mucho que quiera no es fácil ya sabes / me faltan las fuerzas / ha sido muy tarde…”). Nadie mejor que él ha explicado el fracaso de la utopía (Ahora que se cae el muro / ya no somos tan iguales / tanto vendes tanto vales / Viva La Revolución). Incluso ha cantado sobre la capacidad para llegar a acuerdos (Una de dos / o me llevo a esa mujer o entre los tres nos organizamos / si puede ser). Por todo esto y más es que Aute todavía no se puede morir. Falta mucho para que le den las cuatro y diez.

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