Un poquito de sentido del humor

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Por Ricardo López Cordero (@ricardolopezc)

La vida pública de México mejoraría considerablemente si tuviéramos un poquito de sentido del humor. Lo escribo en diminutivo – a la nuestra – porque poco es mucho pedir. No pretendo que encontremos a los miles de desaparecidos contando chistes; ni que vayamos a terminar con la corrupción institucional con unos simpáticos palíndromos; mucho menos que unas bromas corregirán la miseria a la que hemos condenado a millones de mexicanos. Pero algo es algo.

 

Colin Stokes, en The New Yorker, escribió que los chistes pretenden hacer de la vida algo tolerable. A mi me parece que el humor es una de las características aplaudibles de la humanidad y creo que la existencia es un poco más tolerable después de ver algunos capítulos de Seinfeld. Además estoy seguro que la risa es una de las formas más efectivas de protesta. Sirve para desarmar las buenas conciencias que piden tratar todos los temas a distancia y de la forma más estéril posible. Un mundo sin chistes, escribió Marina Hyde en The Guardian, no es un lugar seguro sino uno muy peligroso.

 

Tal vez lo peor de nuestra falta generalizada de sentido del humor es que no nos hemos dado cuenta de ello. Según nosotros somos un país gracioso y bromista. El ejemplo más claro, al menos en lo que se refiere a noticias, es la terrible práctica de cambiar algunas letras para sonar simpático. Convertir Morena en Mugrena, describir a Enrique Peña Nieto como prócer de la EPNdejez, criticar las columnas de Ricardo Transamán y los reportajes de Carmen Chairistegui no es astuto ni chistoso. La peor falta de humor y creatividad es la que se disfraza de humor y creatividad.

 

Por eso me aflige tanto que los lectores se asuman subversivos cuando cambian un par de nombres o acusan de vendido y chayotero a quien no piensa igual que ellos. Teniendo tantos columnistas que son grandes exponentes de la comedia involuntaria – me incluyo – no hace falta que los lectores recurran a pésimos juegos de palabras para sentirse rebeldes. Ya lo dijo Porfirio hace cien años: “¡Pobre México! ¡Tan lejos de Colbert y tan cerca de Eugenio Derbez! (sic)”.

 

En este país nos tomamos las noticias tan en serio que hacemos que den risa por nuestro acercamiento aséptico a ellas. Las pocas excepciones que se atreven a reír de la actualidad son poco leídas o bastante malitas. Necesitaríamos seis Deformas y veinte Gil Gaméses para cubrir todo el material que hay. La vida política mexicana y – sobre todo – el estado actual del periodismo nacional tendrían que ser una mina de risas para cualquier comediante de medio pelo. El fascismo se sostiene en la solemnidad. Seamos serios, críticos, honestos, pero nunca solemnes. Tengamos algo de sentido del humor. Ojalá salga un comediante de medio pelo de las cenizas de Jacobo Zabludovsky y nos salve de nosotros mismos.

 

Caricatura de The New Yorker

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