Una solitaria historia de amor

cherno
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@MarianoMoreno7

El cielo estaba iluminado de tal manera que la noche se asemejaba a un bello atardecer. Las llamas en la lejanía iluminaban el cielo entero, pero nadie sabía a qué se debía semejante fenómeno. “Cierra los ojos y acuéstate” le dijo su esposo bombero, “Hay un incendio en la central. Volveré pronto.” Les avisaron que se trataba de un incendio normal, nada fuera de la rutina. No tenían trajes especiales, ni siquiera máscaras antigás. Los bomberos fueron a cumplir su deber con la camisa que llevaban, lo cual sería el inicio de su infortunio. La esposa no pudo cerrar los ojos ni dormir en toda la noche, más por la angustia de no saber de su marido que por el insoportable calor que se sentía en toda la ciudad. Amaneció y su esposo seguía sin llegar a casa.

Liudmila Ignatenko y Vasili Ignatenko eran una joven pareja de recién casados. No importaba si iban al trabajo, al parque o de compras, siempre tenían que estar agarrados de la mano como si de eso dependiera el orden del cosmos. Ella siempre le decía Te quiero, pero sólo supo cuánto realmente lo quería hasta que ocurrió el accidente en la central nuclear de Chernóbil aquel 26 de abril de 1986. Nadie más que ella, su marido y sus padres sabían que estaba embarazada.

Al día siguiente de la explosión la ciudad estaba repleta de soldados y vehículos blindados de combate. Parecía zona de guerra. Los militares lavaban las calles con un extraño polvo blanco. Primero la lucha fue contra los zares y su opulencia, durante el terror estalinista el enemigo era aquel que tuviera una ideología distinta, después la guerra fue contra los nazis. Pero en la crisis de Chernóbil el nuevo enemigo era invisible. Pelear contra la radiación era como dispararle al aire. ¿Cómo luchar contra lo que no se puede ver ni oler ni escuchar?

Las ciudades y aldeas aledañas a la planta nuclear comenzaron a ser evacuadas. Aquello parecía un éxodo egipcio. Después, por órdenes del alto mando soviético, los soldados matarían a tiros a todos los gatos y perros de la zona contaminada. Los pobladores, casi todos campesinos, no tenían idea alguna de lo que era el átomo. Les hablaban del uranio, plutonio, cesio y lo veían como si fueran temas de una galaxia muy lejana. A la gente la llenaban de mentiras para no propagar el pánico. “Todo está bien, no hay que preocuparse de la radiación. Y no traigan sus cosas, en tres días podrán volver a sus hogares”. Hoy, 30 años después de la catástrofe, las casas que libraron los saqueos todavía mantienen algunos objetos intactos que se quedaron esperando a sus dueños que jamás volvieron.

Después que le dijeron que su esposo estaba internado en un hospital en Moscú, Liudmila Ignatenko usó todas las monedas de sus ahorros para llegar a la capital de Rusia. Una vez allí logró ver a su marido gracias a la misericordia de las autoridades del hospital, piedad que fue estimulada en parte por sobornos y dádivas. Sólo había una prohibición: No podía abrazar ni besar a su marido, ya que se había convertido en un elemento radioactivo con gran poder de contaminación. ¿Pero no está usted embarazada, verdad?, le preguntaron. Ella sabía que si decía la verdad no le permitirían ver a su esposo, así que mintió y dijo que no.

La desintegración de la Unión Soviética comenzó no con la Perestroika de Gorbachov ni con la caída del muro de Berlín, sino con el accidente en la central nuclear de Chernóbil. La catástrofe de Chernóbil ocupa el infame primer lugar de los desastres más graves de todo el siglo XX. También puso al descubierto un sistema político que en aras de minimizar la situación dejó que sus ciudadanos se infectaran de radiación, que comieran productos altamente contaminados, que inhalaran el oxígeno de la muerte. Los altos mandos soviéticos no tenían ningún conocimiento de la física pero aún así ignoraron las peticiones de los científicos de alertar a la población. Para ellos la política era más importante que la vida de sus ciudadanos. “Aquí no pasa nada”, repetían. “Tenemos la situación bajo control”.

Los días pasaban y Liudmila Ignatenko seguía cuidando del ser en constante metamorfosis que alguna vez fue un apuesto bombero de la estación de la actual ciudad fantasma de Prípiat. Cada día se encontraba con una persona diferente a la del día anterior. Su marido se había convertido en otra cosa totalmente distinta al hombre del cual se había enamorado. Los doctores le decían que ese hombre ya no era su marido, pero no le importaba, seguía creyendo que algún día Vasili se iba a recuperar, que tendrían a su hijo y volverían a ser felices como antes. Ignoró las advertencias de los médicos y dormía con su marido cada vez que lo metían a la cámara hiperbárica. El amor seguía siendo tan grande que no temía besar a un hombre que se había convertido en un reactor nuclear. ¿Cómo llamaremos a nuestro hijo?, le preguntaba. Si es niño, que sea Vasia, y si es niña, Natasha.

Vasili Ignatenko falleció a los pocos días. Su cuerpo recibió mil seiscientos roentgen cuando la dosis mortal es de cuatrocientos. Lo enterraron como héroe, ¿pero de qué le servirían tantas medallas y diplomas póstumos si ya no podrá seguir amando al amor de su vida? Liudmila no se enfermó por una razón: toda la radiación la recibió Natasha, su hija nonata. Al nacer, parecía un bebé sano. A diferencia de otros tantos recién nacidos post Chernóbil, no había rastro de mutaciones genéticas, no le faltaba un brazo o una pierna. Pero nació con cirrosis y una lesión congénita en el corazón. La pequeña Natasha murió a las cuatro horas de nacida. “Yo la maté. Fue mi culpa. Ella, en cambio, me ha salvado. Mi niña me salvó. Recibió todo el impacto radioactivo. Ella me salvó, pero yo los quería a ambos. ¿Cómo es posible? ¿Cómo se puede matar con el amor?.”

Ella no sabía si hablar de la muerte o el amor. ¿Pero acaso no es lo mismo?

  • La historia de Liudmila Ignatenko y muchos otros relatos de personas que padecieron la catástrofe se encuentran en el libro Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich.

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