Una sopa muy salada

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Por Pedro Derrant

 A La historia de mis dientes (Sexto piso 2013), última novela de Valeria Luiselli, la han atacado muy duro y por todos lados. No obstante los ríos y ríos de tinta electrónica, hasta ahora he visto muy pocos reviews que hagan una lectura más allá de los malos chistes o las ocurrencias mamonas; creo que la crítica no ha entendido que no es un stand-up comedy, sino una novela. El epicentro de aquellas reseñas es el soso y pedante juego novelesco de nombrar a los personajes como íconos del mundo cultural: Jaime Sánchez Joyce, Marcelo Sánchez Proust, Rubén Darío, Quintiliano, Álvaro Enrigue y hasta la misma Valerita Luiselli (porque uno debe reírse de sí mismo, ¿o no?). En realidad no, y ése es el gran problema del libro, ser caemebién, buscar la benevolencia del público a través de las risas, cuando la pura construcción narrativa y el dominio de la prosa eran herramientas suficientes para haber hecho una novela bien lograda. Pero no nos adelantemos, cómplice mío, ya más adelante te hablaré de esto.

Gustavo Sánchez Sánchez, “Carretera”, es un hombre trabajador y comedido con habilidades inusuales, como imitar a Janis Joplin y contar hasta el ocho en japonés. La novela cuenta su trayectoria vital; antes obrero de la fábrica de jugos, luego gran subastador de renombre internacional, ahora venido a menos; un hombre obligado a dar la actuación de su vida en una final y épica subasta alegórica que lo inmortalizará como el más grande de todos los cantadores de subastas. Lo más inverosímil e inútil es lo que le ofrece este Chanfalla del moderno Ecatepec: dientes, historias y no más. Un personaje inusual, pero que encanta por una humilde y despreocupada sinceridad traslucida por la narración.

Una de las acusaciones más usuales a la novela es la aparente inconexión de sus partes, pero es que en realidad tiene una construcción magnifica, aunque muy compleja, como de maquinaria de reloj. Cada uno de los métodos de subastas de Carretera se ve reflejado en la trabazón general del libro y permite leerlo desde una perspectiva diferente; método circular, parabólico, elíptico, hiperbólico y alegórico, son los que menciona. Una lectura circular es muy fácil de hacer, pues la novela empieza donde termina, Carretera contando su historia; una lectura parabólica del arte moderno; una lectura alegórica de la sociedad de consumo; y así con cada método. Esto sólo por aventurarme a una interpretación, aunque el eje de la acción es más evidente; la escalada de Carretera al parnaso de los subastadores con cada capítulo que pasa y el desengaño final que nos lo muestra como realmente es: un acumulador con quijotescos delirios de grandeza. Su vida describe una especie de hipérbola (otra vez se comprueba lo que dije), en la que él piensa ir subiendo cuando en realidad eso es sólo un reflejo del otro plano en el que desciende violentamente.

En esta novela, como en sus anteriores trabajos, cualquier objeto cotidiano sirve de excusa para hilar una idea con otra y, por analogía, tejer un discurso coherente de acciones que comunican desde lo más intrascendente hasta lo necesario para la historia. El padre de Carretera se arranca las uñas y las lanza sobre el cuaderno de su hijo que las asocia con cráteres lunares; ello lleva a la narración a los dientes; los dientes y las uñas llevan a hablar de la muerte del padre; ésta lleva a hablar de la muerte de la madre; la madre está enterrada en Pachuca; en Pachuca llueve mucho y llena los baches de las calles con agua; a Carretera esos baches se le muestran como cráteres lunares. Y eso pasa toda la novela, una idea que se vuelca sobre sí misma, como en una composición de anillo que siempre se muerde la cola. Estos detalles compositivos devienen en una novela de apariencia fragmentaria, pero que en realidad está concebida como un todo articulado muy sólida, aunque sutilmente.

La prosa es refrescante y muy familiar; parece que la intención es presentaros a un narrador que podría ser cualquiera de nuestros padres o tíos contándonos una historia, ligera, cómica a veces y con las mismas digresiones de cualquier mente saludable. He aquí que la autora cae en el gravísimo error de hablar de algo que no conoce bien (y esto me parece raro, puesto que otro de los tíos de Carretera es nada más que Ludwig Sánchez Wittgenstein), o mejor dicho hablar como alguien a quien no conoce bien. El afán de imitar el registro de un habitante de Ecatepec no resulta del todo bien; cae en lugares comunes o vulgarizaciones muy artificiales que no se traga nadie y no eran, ¡esto es lo peor!, necesarias; entre más excéntrico hubiera sido el modo de hablar de Carretera, más hubiera ido con su papel de personaje raro y fuera de lugar, de genio incomprendido, pero parece que está la constante necesidad de anclarlo todo a la realidad, como si eso fuera tarea de la novela. Por suerte no es el tono general y se puede pasar por alto esto. En suma, tiene un dominio del lenguaje genial, pero se pierde entre tanto artificio coloquializante.

Valeria Luiselli ha hecho una novela sólida que alimenta esa necesidad lectora de masajear las neuronas, con suficientes juegos literarios y lingüísticos como para entretenerse y regodearse en la narración, pero sin abandonar la forma clásica de la novela; su prosa es exacta, su concepción novelística, total. El problema es el imperativo de ser moderno, de innovar a toda costa y siempre estar un poquito adelantado al resto; esa es la explicación que yo le doy a los nombres gratuitos, a los malos chistes y a los sobrantes narrativos. Me da la impresión de que la Luiselli había escrito una buena novela, pero que le pareció algo común, clásica y moderada, como una sopa sencilla, pero con buen sabor. Lo malo es que no podía conformarse con hacer sólo una sopa, tenía que ser algo más y por eso hubo que aderezarla con inutilidades que pueden llegar a estropear el sabor de la muy modesta, simple, pero convincente sopa. En suma, la novela deja un mal sabor de boca, no porque en el fondo no sea un platillo bien hecho, sino porque duele ver que se le haya salado un algo que pintaba para estar exquisito.

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