Ver el terremoto con los ojos cerrados

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@MarianoMoreno7

En el primer semestre de la Universidad un maestro llamado Ángel Cabrera nos puso a hacer un ejercicio con motivo del terremoto que devastó la -de por sí devastada- Ciudad de México, el 19 de septiembre de 1985. El ejercicio consistía en lo siguiente: todos en el salón teníamos que cerrar los ojos como si estuviéramos en una clase de yoga o recibiendo al Espíritu Santo. Generalmente en estos casos uno tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para no quedarse dormido, sobretodo si la clase en cuestión era a las inhumanas siete de la mañana. Una vez que todos veían como los personajes de la novela Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, el maestro nos puso el audio de la célebre crónica que el recién fallecido Jacobo Zabludovsky hizo sobre los desastres que el terremoto había dejado en la ciudad.

La historia de la narración sobre el terremoto que hizo Jacobo Zabludovsky ha pasado a la historia. Don Jacobo, en ese entonces titular del noticiero más visto e influyente de México, se encontraba manejando sobre Paseo de la Reforma para reportear acerca del movimiento telúrico que según sus propias palabras: “Lo sentí muy prolongado este temblor, pero como que nos trató suavecito, como que nos andaba metiendo en una cunita”. Es difícil de imaginarlo, pero en 1985 no existían Facebook ni Twitter ni hashtags. Lo que Zabludovsky sí tenía era teléfono en el automóvil, cosa que era visto como una extravagancia en aquellos años, ya que muy pocas personas contaban con esa tecnología. Gracias a eso, Zabludovsky pudo narrar al aire lo que sus ojos veían.

Y ese era el objetivo del mentado ejercicio en la clase: con los ojos cerrados ver lo que veía Jacobo Zabludovsky mientras recorría las zonas de desastre desde su automóvil con teléfono. La voz de Don Jacobo fue como una máquina del tiempo. Primero fue la normalidad: “El Ángel está arriba, no creo que haya pasado nada grave, además veo el Seguro Social cuya enorme fachada es ahora de vidrio, no falta ningún vidrio. Un señor está corriendo, haciendo jogging. Me voy a seguir”. La narración cambia drásticamente cuando se encuentra enfrente del Hotel Continental. Los sonidos de fondo que ahora se escuchaban eran el de las sirenas de las patrullas, el de la gente aglutinada en la calle, algunos gritos y un helicóptero aterrizando de emergencia.

¿Qué veía mientras yo tenía los ojos cerrados? Veía el monumento a la Revolución intacto mientras los edificios a su alrededor, como la infame Dirección Federal de Seguridad y el ISSSTE, tenían graves daños. También las inmensas columnas de humo negro de incendio en el Centro. Cadáveres y heridos atrapados entre los escombros. Parecía que la bomba atómica se había desviado de Hiroshima para estallar su furia en la Ciudad de México. El terremoto había sido tan fuerte, que de haber ocurrido en la noche las estrellas se hubieran caído del cielo. Jacobo Zabludovsky entrevista al dueño del destruido restaurante Súper Leche, quien sollozando le dice: “En el segundo piso vivía aquí mi madre y mi hermana…no sé yo…”. El señor ya no puede retener más las lágrimas y se lo llevan. Minutos después, Jacobo Zabludovsky llega finalmente a Televisa Chapultepec, o lo que quedaba de sus instalaciones: “Señoras y señores, estoy enfrente de mi casa de trabajo donde he pasado a lo largo de mi vida más horas que en mi propia casa, y está totalmente destruida. Sólo espero que mis compañeros de trabajo, mis amigos, mis hermanos de labor estén todos bien. No es posible reconocer esta esquina donde todos los días durante tantos años he venido…”

De repente recordé que mi padre había estado en el terremoto del 85. Era un joven estudiante de la Libre de Derecho, y yo todavía estaba en el limbo de la nada. Le pregunté acerca de sus memorias de aquel 19 de septiembre:

“A mí me tocó arriba del metro rumbo a la escuela, exactamente en la estación Niños Héroes. Estaba parado cuando empezó a temblar. No obstante, estaban las puertas cerradas, ahí se mantuvo, y cuando finalizó la sacudida se abrieron las puertas y bajamos. Al salir no podríamos haber imaginado todo lo que había ocurrido afuera. Lo que más recuerdo es el polvo, polvo por todos lados y el ruido de alarmas que se habían activado de los edificios. También recuerdo un fallecido en la calle, tirado, cubierto con una sábana. Me fui caminando a mi escuela que está en Vertiz y Arcos de Belén, donde afortunadamente no pasó nada salvo la caída parcial de la barda perimetral. Obviamente se suspendieron las clases, y con un amigo me fui a caminar para ver los edificios caídos y demás afectaciones. Llegamos a la calle Juárez y vimos el Hotel Regis quemándose. Curiosamente no recuerdo haber visto bomberos, pero se había ya organizado una fila de ciudadanos que hicieron una cadena para pasarse los botes de agua.”

Por medio de las narraciones de mi padre sentí (una vez más) la ausencia de un gobierno que ese día rechazó toda la ayuda internacional, para mostrar una supuesta capacidad política. La voz de Zabludovsky seguía narrando la hecatombe capitalina. Con los ojos todavía cerrados miraba a algunos soldados esperando a recibir instrucciones, ya que no había una cultura de protección civil y no sabían cómo responder ante hechos de tal magnitud. Pero también veía a Plácido Domingo y a la gente común y corriente quitando escombros y sacando a los heridos de las ruinas. Entre los restos de una ciudad que todavía sigue en pie, vi el Ángel de la Independencia que ante el desastre no alzó sus alas para irse lejos sino que se mantuvo en su columna. También vi a mi joven padre caminando asombrado por la colonia Doctores, y, con un poquito más de imaginación, no lejos de ahí, vi también al titular del noticiero nocturno hablando por el teléfono de su coche.

Al terminar el ejercicio abrí los ojos y dejé de tener la visión de Ray Charles. Efectivamente, uno que otro compañero se había dormido, otros estaban entretenidos en sus celulares. Cinco años después de aquella clase escribo acerca de un terremoto que no viví pero que sentí a través de las voces de quienes sí estuvieron ahí. Treinta años después otro terremoto azota Chile (una vez más), con una fuerte alerta de tsunami, 11 muertos hasta ahora y cientos de evacuados. Hay algo más eterno que los terremotos, y eso es el miedo ante el desastre y la tragedia.

Foto: Especial

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