Whiplash: ¿El genio nace, o se hace?

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Por José Luis Rangel (@jjllljj)

Más allá de una edición prodigiosa, un manejo de la tensión excelente y varios actores en estado de gracia, Whiplash es una película relevante por una característica única: es la prueba de que es posible cambiar la tesis de una película entera con un único plano final.

Sabemos que en la música, como en cualquiera de las artes, existe una diferencia abismal entre ser un virtuoso y ser un genio. Qué difícil es darnos cuenta de que, a veces, la pasión no es suficiente para hacernos inmortales en el tiempo, que por mucho que uno se sangre las manos nunca aparecerá en los pósters que adornan los dormitorios de nuestra infancia. La idea planteada en Whiplash, en un principio, parece ser precisamente esa.

Andrew (Miles Teller) no tiene amigos, no tiene diversiones, no es capaz de mantener una relación. Estos sacrificios serían suficientes para empujar a cualquiera al límite, pero la película le suma el obstáculo definitivo al ponerlo bajo la batuta de Terence Fletcher (J.K. Simmons), un ser humano tan alienado que ni siquiera toda la evidencia del pasado es capaz de hacer mella en su idea vital: que sólo la sangre y la tortura son capaces de revelar al genio. Y no hablamos sólo de gritos y regaños: se trata de un profesor que golpea a sus alumnos y utiliza elementos de sus pasados para presionarlos. Pobre Terence Fletcher, sólo podrá descansar cuando esté seguro de haber creado un genio.

Así, durante más de cien minutos, vemos a Andrew convertir sus manos en pulpas sangrantes, guiado por la convicción de que ese camino lo llevará a ser el nuevo Buddy Rich. El problema es infranqueable: Andrew no es ningún genio. De hecho, en toda la película, sólo es capaz de tocar bien dos canciones. No logra acoplarse a la canción que Fletcher le impone a traición. Centrado en la técnica cómo está, ni siquiera es un buen jazzista. Si la película hubiera terminado antes del impecable solo de batería final, Whiplash sería una relato abiertamente devastador por la duda que plantea: tal vez el genio nace, no se hace. No es necesario cortar todos nuestros lazos con el mundo por un sueño que no existe. Así como debe de haber un Charlie Parker limpiando cristales en algún semáforo, también existen miles de músicos partiéndose la vida cada día sin llegar a trascender.

Pero a Andrew un psicópata lo ha convencido de que puede llegar a ser un genio y que sabrá que la perfección ha llegado cuando pueda impresionarlo. Y al final, durante el solo de Andrew, la mirada de su padre lo dice todo: que la deshumanización ha sido completa, que Andrew y Fletcher son ahora la misma persona y que Andrew ha adoptado la convicción de Fletcher de que, finalmente, todos los sacrificios, los golpes, las humillaciones e incluso una experiencia cercana a la muerte valieron la pena con tal de convertir a Andrew en el baterista que soñaba ser. Al ritmo de los tambores, la batalla que ha enfrentado a Andrew y a Fletcher se salda con la derrota del más joven de los dos. Aunque él, claro, no lo sepa todavía.

Si lo observamos bien, ¿no debería de darnos miedo pensar que un método como el de Fletcher pudiera servir para algo que no sea destruir? Estamos hablando, al fin y al cabo, de un músico dispuesto a arruinar su propia carrera y la de su banda con tal de cobrar una venganza. Con dos planos, la película se sumerge en la obscuridad: con un solo de batería, Andrew ha encontrado la aprobación de su torturador y eso le gusta. Este viraje abrupto de significado llega incluso a satisfacernos por un momento, quizás porque nos hace imaginarnos que nosotros también podemos llegar a ser genios si nos rompemos los dedos con suficiente fuerza. Qué difícil sería darnos cuenta de que, como dice Fletcher, “no lo llevamos dentro”. Qué difícil.

Foto: Especial

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